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Lise Meitner

«Amo la física con todo mi corazón»

1964 [1]
Mi querido James,
Espero, por tu bien, que no trabajes demasiado aunque entiendo lo maravilloso de estar poseído por nuestro propio trabajo.
A mí me ocurre algo parecido, todos dicen que estoy muy delgada, tan solo peso 41 kilos y soy más diminuta que nunca. Lo que no saben es que la comida no me interesa. Yo me alimento de conversaciones y de música y de física.

Intento continuar con la física, pero es algo que me está resultando demasiado duro. Ahora los artículos parecen estar escritos en un código secreto. Tengo un pequeño cuaderno donde anoto todo lo que quiero que Otto Robert me explique, pero quizás la física se ha vuelto demasiado abstracta para mí. Aunque esté mal decirlo, me consuela que a mi querido y admirado Max Born le pase algo parecido. Él, que inventó la mecánica cuántica, dice que se siente “como un capitán de barco velero ya retirado al que preguntan sobre las condiciones y el futuro del barco de vapor”.
Más allá de todo ello, siento que ese no es el mayor peaje a pagar por hacerse vieja, sino que es mucho más duro perder a los amigos y colegas. “Que pequeño se vuelve el viejo círculo” y “cuanto más valor cobran cada uno de los amigos que todavía quedan“.

Hace ya tres años que perdí a mi hermano Walter, uno de mis más queridos amigos porque aunque nos llevábamos 13 años fue mi amigo desde que éramos niños y lo fuimos toda la vida. Pero no fue el primero ni posiblemente el último. Max Von Laue sufrió un trágico accidente hace ya 4 años y apenas un año más tarde nos dejaba Erwin Schrödinger, la última vez que lo visité ya estaba muy enfermo. Con Enrico Fermi e Irene Curie todos sufrimos un gran impacto. ¡Eran tan jóvenes! El cáncer nos arrebató a dos de los físicos más dotados de nuestra era.
Parece mentira que hayan pasado ya 10 años desde que mi admirado y estimado Einstein también se fue. Durante nuestros años en Berlín no llegué a entender su falta de relaciones sociales, pero ahora veo que eso era necesario por su amor y responsabilidad con la humanidad. De quien guardo unos maravillosos recuerdos, en el corazón y en la cabeza, es de Niels Bohr. Cuando asistí a la conmemoración del 50 aniversario de su modelo atómico, su influencia era tan profunda que llegué a olvidar que no estaba allí.

Ahora, cuando miro hacia atrás, mi propia vida con sus contratiempos y sus logros, adquiere un perfil nuevo.” Pensando hacia atrás, en mi juventud, me doy cuenta con asombro de cuantos problemas existían en la vida de las chicas normales y que ahora parecen inimaginables. De entre ellos, la mayor dificultad fue probablemente acceder a una buena educación”.
Por favor, James, cuídate. No quiero perder a ningún amigo más antes de que yo también esté en la lista.
 Lise

[1] En mayo de 1964 Lise hizo un viaje por Alemania con los Francks, a la vuelta les escribió para contarles que el viaje había sido un «sueño hecho realidad». Esta carta no es la original, es una ficción construida con distinto fragmentos de la vida de Lise que se han extraído del Libro: Lise Meitner. A life in Physiscs by Ruth Lewin Sime.


Fue un día de Noviembre de 1878, pudo ser el 7 o el 17 dependiendo de los registros, cuando en el apartamento del número 27 de Kaiser Josefstrasse de Viena nacía Lise, la tercera de los ocho hijos de Hedwig y Philipp Meitner. A los niños de esta enorme familia de clase media y origen judío nunca les faltó alguna semana de vacaciones en la montaña ni libros ni lecciones de música. Crecieron en una estimulante atmosfera intelectual y todos ellos, incluidas las cinco mujeres, tuvieron una educación avanzada, algo realmente extraordinario teniendo en cuenta que en Austria a finales del siglo XIX las mujeres estaban excluidas por ley de la universidad y, por tanto, también de una formación secundaria rigurosa. En su ciudad natal Lise Meitner pasaría sus primeros 29 años antes de abandonarla, sin saber que sería de forma permanente, en busca de una carrera profesional. Para entonces ya había obtenido su doctorado en Física.

Lise Meitner en 1906. Etiqueta de Dominio Público 1.0

Apenas tres años después de que la Universidad de Viena abriera sus puertas a las mujeres, una delgada y pequeña Lise de ojos oscuros las franqueaba tras superar el examen de Matura. Lise, que ya había completado su formación como maestra, comprimió en tan solo dos años de intenso estudio los ocho perdidos de escolarización. Tan solo 4 de las 14 mujeres que se examinaron del Matura aquel julio de 1901 pasaron el examen, entre ellas, además de Lise, se encontraba Henriette Boltzmann cuyo padre será una influencia decisiva en el futuro de la joven Meitner.

Para los miembros de la pequeña comunidad de físicos de Viena, estudiar física no era una carrera, era una vocación, no podían imaginar nada más fascinante a lo que dedicar sus vidas y Lise supo en 1902 que ella era uno de ellos. Todas las materias del currículo las impartía una única persona, el físico teórico Ludwig Boltzmann, el defensor de la existencia de los átomos frente a la extendida e imperante filosofía de la ciencia que negaba la realidad a todo aquello que no puede ser observado directamente, el positivismo. Afortunadamente el siglo XX se iniciaba con los grandes descubrimientos, la radiactividad y el electrón, que marcarían el fin de su contienda y con los estudios sobre el movimiento browniano de Albert Einstein y Jean Perrin que le darían finalmente la razón. Entretanto, sus alumnos aprendieron que la labor científica no está exenta del juicio humano. “Boltzmann transmitió a Lise una visión de la física como la batalla por la última certeza, una visión que nunca perdió”. Cincuenta años más tarde seguiría recordando sus clases como “lo más hermoso y estimulante que nunca había escuchado”.

Test de la fórmula de Maxwell fue el título de la disertación oral con la que Lise Meitner se convertía en 1906 en la segunda mujer en el mundo en obtener un doctorado en física. Pero para la joven doctora el futuro no estaba más claro de lo que lo había estado 14 años antes. En Austria todavía no había mujeres trabando en la universidad, ni siquiera en el escalón más bajo de la escala académica, su intento de trabajar con Marie Curie en su laboratorio de Paris fracasó al no haber plazas disponibles y tampoco se abría la posibilidad de trabajar en la industria. No parecía haber caminos que le permitieran permanecer en la Ciencia.

El verano de aquel año el suicido de Boltzmann desconcertó y sacudió a la comunidad científica, pero también afectó a la determinación de Lise de permanecer en la Física. Sin expectativas más allá de la enseñanza en la escuela de señoritas, decidió compaginar esta tarea con los trabajos experimentales con Stefan Meyer en el Instituto Boltzmann. Así comenzaron sus primeros escarceos con el mundo de la radiactividad y en particular con la radiación alfa.

Con 28 años, Lise todavía dependía económicamente de sus padre a los que pidió permiso para ir a Berlín a estudiar unos semestres que se convertirían en más de treinta años.


9 de enero de 1916 [2]
Querido Herr Hahn
Mi salud es buena aunque apenas peso más de 50 kilos.
De día solo pienso en los pacientes, la gratitud que demuestran siempre me hace sentir avergonzada. Cuando no se necesitan los Rayos-X, ayudo en quirófano, incluso con la anestesia a pesar de que no me gusta nada. Soy, además, el mecánico del Hospital. Arreglo cables eléctricos y aparatos que se han estropeado, hago tubos en T, catéteres y esas cosas. Pero de noche, cuando tumbada sobre la cama no puedo dormir, siento una especie de nostalgia por la física, siento que ya casi no sé lo que es la física.

Vuelvo a Berlín, necesito trabajar para sentirme por fin aliviada.

16 noviembre 1916
La gente de Haber nos trata como si fuera territorio capturado. Haré todo lo que pueda para preservarlo todo. Tenemos medidas que hemos estado llevando a cabo durante tanto tiempo… Anoche estuve en casa de Planck. Tocaron dos maravillosos tríos, Schubert y Beethoven. Einstein tocó el violín y de vez en cuando hizo unos peculiares comentarios sobre política y perspectivas militares…

22 febrero 1917
Querido Hahn, ayer tuve un coloquio, pensé en ti y conseguí hablar alto y mirando a la gente en lugar de al encerado. Cuídate y no te enfades por el retraso de la pecblenda, es solo falta de tiempo. No puedo hacer sola el mismo trabajo que hacíamos los tres juntos.

15 mayo 1917
Es imposible que mantengas en tu cabeza todas las preparaciones, te las resumiré brevemente….Debes ser paciente y darme algo de tiempo, las medidas son largas y debo ajustar exactamente el electroscopio.

17 de enero de 1918.
Respira hondo antes de comenzar a leer, será una carta larga. Quería terminar algunas medidas para poder contarte lo que realmente deseas oír. …. En cualquier caso, ya podemos pensar en publicar en breve.

Junio 1918
Te escribo para contarte que he tenido un coloquio sobre nuestro trabajo. Planck, Einstein y Rubens me dijeron lo bueno que era, así que he debido hacer una exposición decente. Me hubiera encantado que estuvieras ahí, aunque seguramente me habrías regañado.

Soy lo suficientemente optimista como para esperar que la paz llegue en otoño y que podamos volver a trabajar junto el próximo invierno.
Lise

[2] Estos extractos de cartas que Lise Meitner escribió a Hahn se han tomado y traducido del libro Lise Meitner. A life in Physics by Ruth Lewin Sime.


Atraída por un mundo germano parlante del que hablaba Boltzmann y por la figura de Max Planck, la joven Meitner escogió Berlín sin saber que las mujeres todavía estaban excluidas de las universidades prusianas, sin haber oído hablar de la teoría de los cuantos de Planck a pesar de que ya estaba publicada desde 1900 y sin conocer que la postura de éste sobre las mujeres era bastante conservadora.
Afortunadamente, estaba dispuesto a hacer excepciones, admitía que si una mujer estaba especialmente dotada para la física, cosa que consideraba poco probable, era injusto no admitirlas en sus clases.

Cuando Lise traspasó los umbrales de la universidad entraba en un mundo completamente masculino al que reaccionó con extremada reserva y timidez; “cualquiera que conociese lo tímida que era dudaría de que pudiera hacer algo extraordinario”. Pidió permiso a Planck para asistir a sus clases, quien se extrañó de que una mujer que ya había conseguido ser doctora deseara algo más. Pero la aceptó cuando Lise replicó que “quería alcanzar un conocimiento real de la física”.

Pronto comprendió que las clases no ocuparían todo su tiempo y buscó trabajo experimental. Así conoció al Dr. Otto Hahn con quien colaboraría durante más de 21 años en los que fueron grandes colegas y amigos. Otto, con una gran reputación en el campo de la radiactividad, ya había trabajado con Harriet Brooks en Montreal y estaba encantado de encontrar otra especialista en física con conocimientos en radiactividad. Lise, por su parte, que comprendía lo importante que era el tener el coraje de preguntar todo lo que no entendiera para poder avanzar en la física sintió, en su primer encuentro con Hahn, que las informales maneras de éste y su igualdad de edad le facilitaban la labor.

Lise Meitner (left) and Otto Hahn in their laboratory, Kaiser-Wilhelm Institut für Chemie, Berlin 1913. Public Domain Media

El único problema era que el laboratorio de química en el Instituto Fisher estaba completamente vetado a las mujeres. Como solución de compromiso a Lise se le permitió trabajar en una habitación del sótano, un antiguo taller de carpintería con una entrada separada y para usar el baño debía ir a un restaurante cercano. Un año más tarde, cuando por fin las mujeres fueron admitidas en las universidades prusianas, éstas serían bienvenidas y se instalaría un baño de señoras, entretanto, la joven Dra. Meitner prácticamente no existía para los químicos.

Mucho más amistosos eran los físicos del Instituto Rubens: James Franck, Gustav Herz, Max von Laue, formaban parte de un joven grupo al que se unió Lise en los coloquios de física. “No solo eran brillantes científicos, sino que eran personas excepcionales” que con el tiempo serían sus amigos de por vida. Todos eran jóvenes y despreocupados de todo lo que no fuera la maravillosa etapa vital y científica que estaban viviendo. Casi cada mes traía maravillosas y sorprendentes noticias pues la radiactividad y la Física atómica se desarrollaban a una velocidad vertiginosa. Aquel periodo fue para los físicos el más interesante que se pueda imaginar; aunque quedaban muchas preguntas la física avanzaba en dar respuestas y la radiactividad junto al campo de la espectroscopia proporcionó un arsenal de ellas.

A quien más admiraba de todo su círculo de Berlín era a Max Planck, el físico teórico que creía que la física era inseparable de los valores éticos. Sus veinte años de diferencia no supusieron ningún obstáculo para una verdadera amistad. La vida de Planck, además de en la universidad, se centraba en la música. Familia y amigos se reunían en su casa. En la sala de música, unas veces, Planck, Einstein y Josef Joachim tocaban a trio mientras que otras cantaban a coro con Hahn como solista. Lise, que quedaba entre el público, describió el momento más revolucionario de la Física y la gente que formó parte de él como “un mágico acompañamiento musical”.

Cada semestre la joven doctora renovaba su estancia en Berlín, dónde con el soporte de sus padres vivía frugalmente en una habitación para señoritas sin baño propio. Como complemento, ocasionalmente, hacía traducciones de artículos del inglés al alemán y escribía para un popular periódico científico bajo el nombre “L. Meitner” sin desvelar su género. Poco a poco, con la insistencia y el apoyo de Otto, Lise comenzó a dar conferencias. No olvidaría nunca la conferencia de su primer encuentro con Albert Einstein en 1909. Ni Planck ni ella estaban preparados para su revolucionaría teoría de la luz, lo que no impidió que Lise quedara impresionada por la breve explicación de la teoría de la relatividad y la equivalencia entre masa y energía; a pesar de que llevaba publicada desde 1905, sorprendentemente, todavía no había oído hablar de ella.

Durante los primeros 9 años de colaboración con Hahn, Lise estuvo comprometida con todo tipo de espectros, pero en especial con el espectro beta; publicó más de 20 artículos y estableció su reputación como científica, comparable a la de él e independiente como física. Sin embargo, mientras Hahn era profesor en el Instituto Kaiser Wilhelm de química (KWI) en Dahlem, ella era tan solo una invitada sin remuneración. Lise seguía sin tener una posición ni ingresos ni tampoco aparecía en el horizonte ninguna perspectiva u otro sitio al que ir.

Por fin, en 1912 llegaba el primer destello de reconocimiento externo: Max Planck la hizo su asistente, la primera mujer asistente en Prusia, el peldaño más bajo de la escala académica y su primer puesto remunerado. Fue un punto de inflexión en su carrera. En tan solo un año pasaría a ser científica asociada en el Instituto Fisher, igualando su posición a la que Hahn ocupaba en su sección de radiactividad y en 1914 una atractiva oferta de trabajo desde Praga actuó como detonante para que doblaran su salario.

Aquel mismo año se iniciaba la Gran Guerra y Otto Hahn, James Franck, Gustav Hertz y Hans Geiger fueron movilizados y se incorporaron inmediatamente al frente. El instituto KWI de Dalhem se convertía en el más grande y peligroso de los esfuerzos de guerra bajo la dirección de Fritz Haber. La investigación en tácticas militares incluía nuevos explosivos, químicos irritantes no letales y gases venenosos. La investigación en radiactividad no fue uno de los candidatos al servicio de la guerra, pero si lo fue Lise Meitner que en 1915 se incorporó como técnico de rayos X en el hospital militar de Lemberg, aunque un año más tarde decidió abandonarlo para mantener el trabajo en el laboratorio.

La guerra se prolongaba y la comunidad mundial protestaba en contra de la violación de Alemania sobre la neutralidad belga y sus atrocidades contra los civiles y los tesoros culturales. Paradójicamente, más de 19 artistas y científicos, incluyendo a Max Planck, firmaron una carta de apoyo a Alemania y en respuesta otra carta en defensa de la unidad de Europa y la paz la firmaban tan solo cuatro científicos, uno de ellos era Albert Einstein.

Lise escribía constantemente a Otto, que se encontraba en el frente, tratando de animarle con detalles científicos y noticias sobre los colegas a la vez que le mantenía informado del avance de sus investigaciones. La investigación sobre el precursor del Actinio, un nuevo elemento radiactivo de larga vida media, la publicaban finalmente en 1918. Hahn fue el autor principal del artículo sobre el protactinio a pesar de que la mayor parte del trabajo lo realizó Lise. No hubo discusión a este respecto entre ellos, pero al final de la guerra las discusiones entre Lise y Hahn se mantendrían por sus diferentes opiniones políticas. Al sentirse aislada, Lise Meitner desarrolló un gran aprecio por Einstein con el que trabajó brevemente aquella primavera. Fue entonces cuando él comenzó a llamarla “nuestra Marie Curie”.

El armisticio se firmó el 28 de junio de 1919 pero con ello no llegó la paz. Los que regresaron habían estado ausentes de la ciencia durante varios años. La radiactividad evolucionaba a física nuclear, un campo que hasta entonces no existía, pero todavía no se conocía la fauna que habita el núcleo atómico. La Dra. Meitner estaba preparada para lo que estaba por llegar, sus más importante años de investigación la esperaban.


Diciembre de 1930 [3]

Queridos señoras y señores radiactivos,

Como el portador de estas líneas, para quien pido su grata atención, les explicará con más detalle, me he enfrentado a las «falsas» estadísticas de los núcleos N-14 y Li-6, así como al espectro Beta, tropezando con un remedio desesperado. A saber, la posibilidad de que en el núcleo pudieran existir partículas eléctricamente neutras a las que deseo llamar neutrones (neutrinos), con un spin de un medio que obedecen al principio de exclusión y que además solo se diferencian de un cuanto de luz en que no pueden viajar a la velocidad de esta. La masa de este neutrón sería del mismo orden de magnitud que la del electrón y en cualquier caso no mayor de 0.01 veces la masa del protón. El espectro beta continuo sería comprensible asumiendo que en la desintegración beta se emite un “neutrón” junto al electrón de manera que la suma de las energías del electrón y el neutrón sea constante.

En estos momentos no me siento lo suficientemente seguro como para publicar algo sobre esta idea y me confío a ustedes, queridos radiactivos, con la cuestión de cómo se podría probar experimentalmente la existencia de dicho neutrón si su capacidad de penetración es similar o del orden de 10 veces la de la radiación gamma.
Admito que este remedio parece a primera vista poco probable, pues de existir estos neutrones deberían haberse observado hace tiempo. Pero quien nada arriesga, nada gana… Por lo tanto, queridos radiactivos, experimenten y decidan!

Con muchos saludos para todos ustedes, su más humilde servidor,
W. Pauli

[3] Traducción de la Carta abierta de Pauli al grupo de personas radiactivas en el Reunión de Gauverein en Tübingenr en 1930 anticipando la existencia del neutrino.


Tras el desastre de la Gran Guerra la paz fue una catástrofe. La Alemania de 1919 no solo era la Alemania vencida, sino que era pobre y estaba dividida; la situación en Austria era similar, el hambre y el frío eran una constante. Para los alemanes el miedo a los acuerdos de Versalles estaba por encima de todo; incluso Einstein, quien siempre culpo a Alemania de la guerra, se sintió conmovido. En la universidad muchos de los profesores estaban desmoralizados pero eso no impedirá que a los años 20 se les conozca como la “época dorada” de la Ciencia y que Berlín se convierta en uno de los grandes centros de la física atómica.

Aquel verano de 1919, tras regresar de un viaje a Suecia, Lise pasó a ser la primera mujer en Alemania con el título de profesora al convertirse en profesora del KWI. Pero las condiciones de trabajo fueron pobres: durante más de un año tras el descubrimiento del protactinio, Meitner y Hahn no hicieron mucho más que recopilar, publicar y mejorar la vida media del Actinio. En cada publicación Hahn era el primer autor. La Asociación Alemana de Química otorgó a Otto la medalla Emil Fisher por todo lo que había hecho en radioquímica incluyendo el descubrimiento del protactinio y decidió dar a Lise Meitner una copia de la misma como reconocimiento a su contribución, cosa que aparentemente no molestó a Lise.

Un año más tarde, en 1920, el Instituto se dividió en dos secciones separadas, al igual que el camino que seguían Lise y Otto y ella obtuvo, por fin, un puesto equivalente al de Hahn pero en la sección de física del Instituto.

Una de las mayores atracciones de Berlín como centro de física atómica era el coloquio de los miércoles, organizado por Max Von Laue. La primera fila la ocupaban Planck, Laue, Einstein y Haber y después en la segunda Meitner, Franck, Geiger y Hertz seguidos de estudiantes y físicos de la industria junto a visitantes de Alemania y del exterior. Neils Bohr llegó por primera vez a Berlín como la gran atracción del coloquio en abril de 1920. Lise abandonaría aquel coloquio con la sensación de haber entendido muy poco, pero un año más tarde tras visitar el Instituto Bohr en Copenhague, donde se enfatizaba la unidad entre el trabajo teórico y experimental, se convertirían en grandes colegas y amigos.

En 1921 Lise Meitner pasó varias semanas en Suecia como profesora invitada en la Universidad de Lund donde impartió un curso completo de radiactividad incluyendo teoría y preparaciones de laboratorio para físicos y químicos. A su vuelta había aprendido lo suficiente de espectroscopia para entender su precisión y sus límites. Estaba preparada para una mirada fresca sobre el controvertido espectro beta en el que llevaba trabajando desde sus comienzos. Sus conclusiones sobre los espectros beta-gamma fueron criticados por Charles D. Ellis del equipo de Rutherford que negaba que la emisión beta ocurriese sin radiación gamma mientras ella negaba la validez del espectro beta continuo. La oposición llego a ser muy profunda, aunque en persona eran colegas amistosos por escrito eran implacables en la contienda. Con sus trabajos sobre el espectro de la radiación beta y gamma Meitner se unió a los físicos experimentales de primer rango de Europa. “Una de las más reconocidas científicas del mundo en el campo de la radiactividad”, así la describía Max Von Laue al apoyar su acreditación como profesora universitaria, la segunda profesora acreditada de Alemania. Su lectura inaugural en 1922 llevaba por título “El significado de la radiactividad para los procesos cósmicos”.

Comenzaba a subir los peldaños de la tradicional escala académica, pero su licencia como profesora solo la conservaría hasta 1933. Hasta ese momento, casi cada semestre dirigió un tutorial coloquio en la Universidad de Berlín y supervisó las investigaciones doctorales de los estudiantes de su propia sección en el Instituto KWI. Un reconocimiento vino tras otro: en 1924 la Academia Prusiana de las Ciencias le otorgó la medalla de plata Leibniz, en 1925 la Academia de Ciencia de Viena el premio Ignaz Lieben y en 1928 compartió con el científico francés Ramart Lucas el premio americano Ellen Richard. Cada año era más prominente y su sección de física más grande: contaba con asistente permanente, un mayor grupo de estudiantes de doctorado y visitas científicas por Alemania y el extranjero.

Sus lazos con Viena se debilitaron tras la muerte de su madre en 1924. Pero la comunidad de físicos, incluyendo también a sus esposas, Hedi Born, Annemarie Schorödinger o Margrethe Bohr, se convertía en su hogar y familia. En 1927 su sobrino favorito, Otto Robert Frisch, un joven físico experimental muy talentoso en instrumentación y en tocar el piano vino a trabajar a Berlín tras su doctorado en física. La madura Lise Meitner era una mujer segura y poco a poco más asertiva que se convertía en lo que siempre había deseado: una física rodeada de amigos en Berlín.

Por aquella época todavía era posible para un físico tener una visión detallada del campo de la física nuclear, Lise seguía estrechamente los experimentos y trabajos teóricos de otros, escribía artículos y especulaba sobre el significado de los nuevos desarrollos: además del espectro beta-gamma intervino en las partículas alfa de largo alcance, en la absorción de la energía de las partículas beta, las interacciones nucleares de dispersión, la absorción y dispersión de la radiación gama de alta energía y las reacciones nucleares artificiales. Los pilares de la nueva mecánica cuántica se elevaban sin pausa: principios, efectos, números cuánticos. La instrumentación nuclear también avanzaba al ritmo necesario, desde la Cámara de Niebla de Wilson a calorimétricos y espectrógrafos de masa más precisos, todo ayudaba a mejorar la física experimental. La física atómica y nuclear estaba todavía empezando. Con un mejor entendimiento de la estructura atómica, algunos efectos espectrales se volvían más obvios. Hasta este momento la radiactividad era la primera fuente de datos nucleares pero también lo era de sus contradicciones: el decaimiento alfa y la emisión gamma eran consistentes con la cuantización nuclear y la conservación de la energía mientras que el aparente espectro beta continúo implicaba lo contrario. En 1929 los experimentos daban a Lise la razón sobre su interpretación del espectro Beta y la contienda entre Ellis y Meitner llegó a su fin. Pero los resultados seguían sin entenderse a la luz de las teorías del momento, ya que los componentes del núcleo atómico no habían hecho todavía su puesta en escena.

La década de los treinta comenzaba con una carta de W. Pauli dirigida a Lise Meitner y Hans Geiger donde se anticipaba la existencia del neutrino como ‘desesperado remedio’ a la comprensión del espectro beta continuo. El año milagroso, 1932, traería descubrimientos decisivos, el neutrón, el deuterón y el positrón, del que Lise fue el primer observador. A ellos estaría dedicado el Congreso Solvay de 1933, el que convencería a Lise Meitner de no dejar su laboratorio donde estaba completamente comprometida con los nuevos avances. Pero la situación política de Alemania provocaría un cambio radical en la manera de hacer ciencia en todo el mundo y establecería barreras entre la ciencia alemana y el resto de Europa y América convirtiendo en refugiados a gran cantidad de científicos entre los que desgraciadamente se encontrará también la Dra. Meitner


~10 de marzo de 1933 [4]
Querido Herr Hahn!
La situación política es bastante extraña, pero deseo fervientemente que se tranquilice, que se vuelva más racional.
Hoy la oficina de presupuestos ha pedido que estimemos lo que cuesta nuestra bandera nacional, porque va a ser reemplazada por una negra-blanca y roja que pagará el KWG.
Todo y todos están influenciados por los levantamientos políticos.
La última semana el KWG nos ha notificado que además de la bandera negra-blanca y roja debemos mostrar la esvástica. Ha debido ser muy duro para Haber elevarla.

21 de marzo
El señor Schiemann y Edith han estado hoy aquí para escuchar por radio la ceremonia. Postdam Hindenburg dijo algunas frases y luego cedió la palabra a Hitler, quien habló de manera moderada con tacto y de modo conciliador. ¡Ojalá continúe así!

1 de abril
He pasado la tarde con Max and Magda von Laue. Él opina que bajo estas circunstancias no podremos estar sin ti mucho más tiempo. Las vacaciones de la universidad se han extendido hasta el 1 de mayo, obviamente para dar tiempo para posicionarse ante varias cuestiones.

1 de abril
Creo que sería mejor que volvieras antes de acabar tus clases y que no vayas hacia el oeste como tenías planificado.
Una importante célula Nacional socialista se ha formado en el Instituto, todo es muy sistemático. Las universidades están empezando a dar clase otra vez, ahora que las bajas prescritas se han llevado a cabo. Estoy muy cansada y de alguna manera me siento inútil…
Esta es la opinión de todos mis conocidos y colegas y no solo la mía… El cese de Haber se percibe como un gran castigo. Pero yo sigo bien…

Te llevará un tiempo hacerte una idea de la situación. El ascenso de muchos que ocupaban un puesto subordinado, pero incluso así es obvio quién tiene valor y quién no. Franck vino una vez a Berlín y fue muy duro para él no poder poner los pies en su antiguo Instituto y desgraciadamente esto es cierto para muchos otros.

El antisemitismo es solo un problema, hay otros problemas tan serios o más que ese y todo el mundo debería estar preocupado de todo lo que se avecina.

[4] Extractos de cartas que Lise Meitner intercambió con Otto Hahn al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Extraídos del Libro Lise Meitner. A life in Physics by Ruthh Lewin Sime.


Lise Meitner foreles ved Catholic University i Washington, D.C., våren 1946.
Lise Meitner
Av C.A. Briggs/Smithsonian Institution Archives.
Lisens: Falt i det fri (Public domain)

“Cuanto más se cambia, más es lo mismo” escribía Lise en su nuevo diario de 1933. La desastrosa situación política continuaba como en los años previos: depresión, desempleo, elecciones constantes. El sentimiento antisemita continuaba creciendo al igual que lo hacía la fuerza de los Nazis y la violencia en las calles. El 30 de enero, Adolf Hitler se convertía en canciller del tercer Reich y no tardo en destruir al gobierno constitucional, el Reichstag fue disuelto y en marzo se llevaron a cabo nuevas elecciones en condiciones lamentables. En breve los campos de concentración se llenaban de prisioneros políticos y comenzaba el boicot a los negocios judíos.

Desde finales de febrero Otto Hahn se encontraba en América para dar una serie de conferencias, Lise le escribiría manteniéndole al tanto de la situación política. La primera acción de Hitler fue purgar la vida pública, desde el gobierno a la medicina, de la actividad legal a la educación y las artes. Lo que se avecinaba era la “ley de restauración de los profesionales públicos” en la que los no-arios, definidos como los que tenían al menos un abuelo judío, y los no deseados políticamente debían ser purgados. La primera confrontación afectaba al icónico Albert Einstein, quien se encontraba en esos momentos en California y anunció públicamente que no regresaría.

La ley causó estragos en las universidades. En 1933 los judíos de Alemania representaban un 20% de la ciencia en general y un 25% de los físicos. Algunos no fueron despedidos gracias a los servicios prestados durante la Gran Guerra, pero otros se marcharon voluntariamente. James Franck, que ya había recibido el premio Nobel, presentó su dimisión en abril de 1933. 49 instructores de entre sus colegas lo acusaron de un acto de sabotaje y propaganda anti-alemana con su dimisión pública. Max Born dejó inmediatamente el instituto de física teórica de Gottingen. El destino de Fritz Haber fue una verdadera sorpresa y una revelación. El que había sido esencial durante la primera guerra mundial era un judío bautizado. A mediados de abril fue informado por el ministro de educación de que el número de no-arios era intolerable en su instituto, emitió su dimisión a finales de abril de 1933. Incluso Schrödinger, que no era judío, reaccionó instintivamente y abandonó Alemania. Otto Robert Frisch fue despedido como la mayoría de sus colegas del Instituto Otto Stern en Hamburgo y su beca para trabajar con el equipo de Enrico Fermi fue rescindida. A finales de 1933 paso a Inglaterra y desde allí a Copenhague donde permaneció hasta 1939.

Como profesora universitaria, Lise Meitner informó de fechas y tipo de servicio prestado durante la guerra, así como de la religión y raza de sus abuelos. No estaba claro como afectaba a Lise la ley, pues el instituto KWI nunca estuvo bajo el control directo del gobierno lo que le permitió retener a científico no-arios por un tiempo. Por otro lado, Lise además de haber servido en la guerra, era austriaca y no alemana. Por el momento su puesto parecía seguro.

Durante el verano de 1933 Planck y Heisenberg intentaron mantener a los científicos judíos más prominentes en Alemania pero no defendieron al resto. Creían que todo era algo temporal y que volverían a la normalidad. Buscaron reemplazos para Born y Franck sin plantearse un dilema moral más allá de hacer respetable a la ciencia alemana en el resto del mundo. Planck confiaba en que la violencia y la opresión fueran temporales y que todo se normalizaría con el tiempo. No supo ver que era un proceso irreversible, al igual que tampoco lo vio Lise Meitner, quien encontró siempre razones para quedarse en Berlín

Cuando en 1935 Lise Meitner publicó un monográfico sobre la estructura nuclear, un revisor utilizó la oportunidad para no recomendar su publicación. Para la ideología Nazi, la purga de científicos individuales no era suficiente, querían erradicar la influencia judía de la ciencia, incluso el teórico Werner Heisenberg sería atacado por enseñar relatividad y mecánica cuántica. En 1936 Planck, Laue y Heisenberg propusieron a Lise Meitner y a Otto Hahn para el premio Nobel con la esperanza de que el galardón les proporcionara protección política. Por el contrario, el premio se otorgó a Carl von Ossietzky, un prisionero pacifista, y como represalia a los alemanes se les prohibió aceptar el premio Nobel.

Lise no tuvo sentimiento de peligro físico y pudo viajar al extranjero libremente, hasta que en marzo de 1938 Alemania anexiona Austria y la situación de Lise Meitner se complica gravemente. La no validez de su pasaporte austriaco le impedía viajar libremente y, por ende, aprovechar las salidas que colegas de toda Europa y América preocupados por su situación le ofrecían. Agotadas las vías diplomáticas, el verano de 1938 Lise debe abandonar secretamente Alemania. Su última noche en Berlín la pasó en casa de los Hahn. A sus 59 años abandonaba Alemania para siempre con 10 marcos en su monedero y un anillo de diamantes que Hahn le entregó al despedirse.

«El bebé ya ha llegado y todo ha ido bien» era el mensaje en clave que indicaba que Lie estaba a salvo y en el exilio a pocos meses del más importante descubrimiento de su vida.


19 de diciembre de 1938. Lunes en el laboratorio [5]

Querida Lise!..
Son las once de la noche, a las 11.45 volverá Strassmann para que pueda finalmente irme a casa. En realidad hay algo sobre los isotopos del radio que es tan especial que por ahora solo te lo hemos contado a ti. Las vida media de tres isótopos las hemos determinado de manera bastante exacta, se pueden separar de todos los elementos excepto el bario, todas las reacciones son consistentes con el radio. Solo uno no lo es – a no ser que haya coincidencias inusuales- . La fracción no encaja. Nuestros isótopos de radio actúan como bario.
….
Por favor, piensa si hay alguna posibilidad- quizás un isótopo de bario con un peso atómico superior a 137? Si hay cualquier cosa que pudieras proponer que sea publicable, de manera que funcione para los tres.

21 de diciembre
Querido Hahn!
Tus resultados con radio son muy inquietantes, Una reacción con neutrones lentos que supuestamente lleva bario. Bueno, ¿estás seguro que tus isótopos de radio vienen del actinio? ¿Qué hay de los resultados con isótopo de torio?…Ahora mismo la asunción de este resultado me parece difícil, pero en física nuclear se han experimentado tantas sorpresas, que incondicionalmente no se puede decir que sea imposible.

28 de diciembre
Querida colega, quiero en breve escribir algunas cosas más sobre mi fantasía del bario…¿Podría ser posible que el uranio-239 se rompa en bario y tecnecio?….
No lo sé, lo único que sé es que nuestro radio tiene las características del bario…Si esto es cierto, entonces los transuránicos estarían muertos. No sé si esto me pone triste o no,

1 de enero
Comienzo el año con una carta tuya, ojala sea un buen año para nosotros. Hemos leído y considerado tu artículo cuidadosamente; quizás sea energéticamente posible que núcleos tan pesados se rompan, pero tu teoría bario, tecnecio sería imposible por varias razones.

3 de enero
Querido Otto,
Ahora estoy prácticamente segura de que lo que tenéis es una ruptura en bario-yodo, es un resultado precioso por el que os felicito a ti y a Strassmann. Como ya te escribí estoy bastante segura de que hay razones para pensar que el elemento sea probablemente uranio

Tenéis un amplio camino de trabajo por delante. Aunque estoy aquí con las manos vacías, me siento terriblemente feliz con estos descubrimientos.

[5] extractos de cartas entre Otto Hahn y Lise Meitner con motivo del descubrimiento de la fisión. Obtenidos del Libro Lise Meitner. A life in Physics by Ruth Lewin Sime.


Memorial to the nuclear physicist Lise Meitner (1878-1968) erected in 2014 in the Court of Honor of the Humboldt University in Berlin. Anna Franziska Schwarzbach was the sculptor. Wikimedia commons

Lise llegó a Suecia sin nada más que su reputación científica, de nuevo era una extraña en un país extranjero, practicando una profesión de hombres en la que no era bienvenida y viviendo pobremente con pan y café negro en una pequeña habitación.

A partir de 1934, Meitner y Hahn habían vuelto a colaborar. Junto a Strassmann iniciaron sus investigaciones de elementos más allá de uranio, un proyecto que seguía las investigaciones del laureado Enrico Fermi en Italia y de los Joliot-Curie en Paris y que finalmente les conduciría al descubrimiento de la fisión. Su huida de Berlín hizo que tuviera que abandonar los experimentos de los últimos cuatro años. Las noticias que aquella Navidad de 1939 recibía de Otto indicaban que quizás la línea de investigación en la que había confiado podía ser un camino muerto.

Las cartas que Otto pidiendo consejo a Lise sobre los extraños resultados del bombardeo con neutrones lentos fueron el resultado de cuatro años de búsqueda mal direccionada. Por fin se observaba la ruptura de un núcleo pesado en dos núcleos más ligeros y la liberación de energía que implicaba la diferencia de sus masas. Para poder interpretar estos resultados Lise contó con el apoyo de Otto R. Frisch y de todos los pasos que la ciencia había dado a lo largo de todo el siglo XX, desde el modelo de la gota líquida de Bohr hasta la equivalencia masa-energía de Einstein.

Pero Lise, de momento, no supo ver su gran contribución y sentía que todo lo había hecho mal al haber enfocado la búsqueda en los transuránicos. Perdió la confianza en sí misma, por lo que a pesar de lo que este gran descubrimiento significaba se sentía deprimida. Se culpaba de haber elegido Suecia, de su incapacidad para lidiar con Manne Siegbahn, el pope de la ciencia Sueca y director del instituto sueco donde ahora trabajaba y por haber fallado en preparar su salida de Alemania. Suecia era un país pequeño, sin tradición de emigración y que no simpatizaba con los refugiados de la Alemania Nazi. Los recuerdos de una vida perfecta en Berlín la sumían en la autocompasión y el dolor. En Suecia viviría 20 años en una situación que junto a la exclusión de este maravillo descubrimiento tendrían en ella efectos duraderos.

Sin embargo, Frisch y Bohr supieron ver la importancia de la interpretación de la fisión y llevaron a América la noticia antes incluso de ser publicada. Así, mientras Lise languidecía en Suecia, en Febrero de 1939 docenas de físicos de todo el mundo confirmaban el descubrimiento de la fisión y Bohr defendía frente a los resultados americanos la prioridad en el descubrimiento de Lise y Otto R, que además habían repetido los experimentos en Copenhague para recoger también los fragmentos de fisión y testear las presencia de elementos transuránicos. Los informes americanos atribuían la observación del bario a Hahn y Strassmann y la interpretación de la fisión a Meitner y Frisch. Los franceses apenas mencionaban a Hahn, mientras citaban a Joliot y Curie junto a Meitner y Frisch. Todo ello molestó a Hahn que consideró que su trabajo no había sido tratado justamente. Lise Meitner nunca dudo de la autoría del descubrimiento del bario; sin embargo Hahn quería todo el crédito, por el descubrimiento y la interpretación de la fisión. Por ello defendió el descubrimiento al margen de la física. La física y, por ende, Meitner no eran relevantes, estaban ausentes y eran opuestos e incluso obstructivos.

Nada impidió que a partir de ese momento se produjera una reacción en cadena, tanto en el mundo de la investigación como en la vida política, que condujo a la primera guerra entre científicos y a la Segunda Guerra Mundial tras la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939. Los científicos alemanes entre ellos Hahn y Heisenberg pasarían a formar parte del Club del Uranio en busca de una aplicación militar del nuevo descubrimiento. Los Aliados, alertados por la gran cantidad de científicos exiliados temerosos de la posibilidad de que Alemania construyera una bomba atómica, comenzaron también un ambicioso programa de investigación nuclear: el proyecto Manhattan.

Para Lise, la guerra truncaría sus expectativas de desplazarse a Cambridge y aumentaría sus desavenencias con Siegbahn al haberle informado de sus intenciones de abandonar Suecia. Tras su estancia en Copenhague Meitner regresaría al Instituto Siegbahn bajo una atmósfera poco amistosa. Su trabajo estaba restringido por la falta de material y la indisponibilidad de los equipos ya que el ciclotrón de Siegbahn se retrasaba y una vez construido estuvo dedicado a investigaciones en radiomedicina. Lo que más le interesaba era el descubrimiento de los verdaderos transuránicos. Ella sabía exactamente dónde mirar, pero la ocupación de Dinamarca truncaría su búsqueda del elemento 93, por lo que le resultó difícil aceptar que Edwin McMillan en Berkeley había finalmente caracterizado el neptunio, el elemento 94. De todos los sufrimiento de Lise tras abandonar Berlín, el mayor sería haber fallado en encontrar el elemento 93, lo que quedaría grabado en su corazón de por vida.

Siguió trabajando en la captura neutrónica del torio, en la radiactividad del escandio y en las interacciones primaria y secundaria de los electrones en el espectro beta. Pero sentía poca satisfacción, su trabajo era muy lento. El autoritario Siegbahn tenía una actitud muy negativa frente a Meitner lo que la llevo a mantener lazos con los físicos menos afines a él como Oskar Klein y Hans Pettersson.

Su capacidad para hacer y mantener amigos seguía intacta. Su vida en Suecia ni era inhóspita ni fría, pero sus nuevos amigos no podían llenarla completamente. Su vida era la correspondencia que mantenía con los amigos del exterior. Desde Dublín con Schrödinger, desde Edimburgo con Max Born, desde Alemania con Rauch von Traubenberg, con Franck desde Estados Unidos. Con la Holanda ocupada las comunicaciones eran difíciles pero mantenía correspondencia con los Coster y tras la ocupación de Dinamarca y el exilio de Bohr mantenía correspondencia con él desde Inglaterra. Los cambios políticos volvieron extraños a algunos amigos y a otros los acercaron. En Berlín el más cercano fue siempre von Laue, se escribían casi cada semana y desde Estocolmo Lise leía entre líneas prestando especial atención a los avances de Werner Heisenberg y Carl Friedrich von Weizsäcker. Lise fue siempre una persona políticamente preocupada pero nunca activista, nunca pondría a sus amigos o su profesión al servicio de la política o lo militar. Así, cuando en 1943 se le pidió que su uniera al grupo británico que viajaría a los Álamos a colaborar en la bomba atómica su respuesta fue tajante: «Nunca tendré nada que ver con una bomba».

En 1943 Otto Hahn visitó Estocolmo y Lise trató de convencerlo de que incluso los alemanes decentes habían contribuido con su pasividad a la terrible desgracia alemana. Otto encontró injusta la posición de Lise y lo mismo ocurrió con Max von Laue cuando la visitó en 1944, solo Max Planck coincidía con ella. A finales de 1944 el premio Nobel le fue concedido a Otto Hahn, ante la prohibición de Alemania de aceptar el premio, Lise pidió discreción para no poner en peligro a su amigo aunque la derrota de Alemania era ya inevitable


Navidad de 1946 [6]

Querida Eva,

Fue bastante doloroso que Hahn no dijera una palabra sobre mí en su entrevista, nada acerca de los treinta años de trabajo juntos. Sus motivaciones son complicadas. Está convencido de que los alemanes han sido tratados injustamente. Es más, simplemente ha suprimido el pasado. Respecto a mí, yo formo parte de ese desaparecido pasado.
….
Está encantado con que los alemanes con carguen con el peso de la responsabilidad de la bomba y de las miles de muertes sin sentido de la gente de Hiroshima”

[6] Extracto dela carta que Lise escribió a Eva von Bahr-Bergius en 1946 cuando Otto Hahn recogió el premio Nobel. Extraída del libro Lise Meitner. A life in physics by Ruth Lewin Sime.


Hiroshima memorial ©SusanneHultman

La guerra terminó el 8 de mayo de 1945. Lise perdió en ese momento el contacto con Max von Laue y Otto Hahn, a este último le escribiría una larga carta que nunca recibió. Todo julio pasó sin noticias de ellos y en agosto se retiró a la tranquilidad de un pequeño hotel en el campo. No supo lo que pasó la tarde del 6 de agosto hasta el día siguiente. Un reportero le comunicaba que la primera bomba de uranio se había lanzado sobre Hiroshima. No sabía cómo los americanos habían separado el U-235 ni tampoco sabía nada del reactor para producir plutonio. Solo sabía que se había hecho y que ella estuvo allí desde el principio: reconoció la fisión, la explicó y calculó la energía liberada. Ni la física ni el mundo volverían a ser lo mismo. Lise se convirtió en el centro de un circo mediático que duró semanas llegando a ser considerada nada menos que “La madre judía de la bomba”.

Más tarde Lise supo que Hahn estaba a salvo en Inglaterra, detenido en Farm Hall junto a Heisenberg y otros miembros del Club del Uranio. Ellos también recibieron la noticia de la bomba con incredulidad y asombro pero pronto decidieron comprometerse con un memorando en defensa de que su investigación siempre fue para uso pacífico. Con este memorando comenzaría el “mito alemán de la bomba atómica” dónde reclamaron la investigación básica, incluyendo el descubrimiento de la fisión para el dominio alemán, además de puntualizar que la profesora Meitner había abandonado Berlín medio año antes del descubrimiento y que no participó en él. Hahn tampoco mencionó la contribución de Meitner antes de abandonar Berlín y llegó a decir que la fisión hubiera sido imposible si ella hubiera permanecido allí .El mensaje era simple: el descubrimiento de la fisión pertenecía a la química, a Hahn y a Alemania.

La falsificación de la memoria y la realidad que comenzó con los Nazis no desaparecería inmediatamente con su caída, en parte porque el premio Nobel de 1944 sobre el descubrimiento de la fisión recayó sobre Otto Hahn en solitario. La injusticia fue claramente reconocida y manifiesta más allá del más cercano círculo de Lise. Bohr que creía que un premio en química sobre la fisión no impedía dar otro en física por el mismo descubrimiento nominó a Frisch y Meitenr en 1946 por física y por química en 1947 y 1948, pero no tuvo aval. Sus amigos pensaban que ella hubiera obtenido el premio de haber emigrado a otro sitio que no fuera Suecia.


Creator: Science Service..Subject: Meitner, Lise 1878-1968. Catholic University of America 1946. Public Domain Media.

Lise visitó por primera vez los Estados unidos en 1946, la revista Time la había identificado como la contribuidora y pionera de la bomba atómica y fue designada “Mujer del año” por el Women’s Nacional Press Club. Cuatrocientas personas asistieron a su primera conferencia, llegando a ser el objeto de un soneto publicado en American Scholar. Hollywood también se interesó por ella, le presentaron un guion para una película de la Metro-Goldwyn Mayer: “El principio del fin” que rechazó como un sinsentido desde la primera a la última palabra.

Su viaje a América fue e como un retorno a la vida, reuniones con familia, amigos y físicos sirvieron para ayudar a superar el aislamiento de sus años en Estocolmo. Habló durante horas con Einstein, discutió los experimentos relevantes del descimiento beta con I.I. Rabi y comprobó que los antiguos emigrantes habían encontrado en América lugares apropiados. En Chicago tuvo un encuentro con Chadwichk y el General Grove y su esposa; visitó a Otto Stern en Pittsburgh y a su amigo Franck e hijas. Conoció a Fermi, a Edward Teller y Leo Szilárd en un encuentro de la American Physical Sociaty y finalmente embarcó en el Queen Mary en dirección a Inglaterra.

En Cambridge se reunió con Erwin Schrödinger, Pauli y Born. En Londres pudo ver a Max Planck, el único alemán invitado a la celebración del 300 aniversario del nacimiento de Newton, no se había visto desde 1943 y esté fue su último encuentro. Max von Laue también estuvo aquel verano en Londres, el único alemán invitado a una conferencia internacional de cristalografía. El encuentro les produjo una alegría enorme, pero ella sentía el dolor de ver cuánto se habían separado sus vidas y como él había dejado atrás cosas que Lise no comprendía.

En noviembre de 1946 Otto recogía en Estocolmo el Nobel que se le otorgó en 1944. Poco tardaría en darse cuanta Lise de que ya no había lugar ni la vida ni en la memoria de Otto para ella. Su discurso al recoger el Nobel y su comportamiento en Suecia la hirió personalmente y la dañó profesionalmente aumentando su aislamiento en Suecia. Además aquel año traía otra decepción para Lise, el premio Nobel de física recaía en sir Percy Bridgman.

Tras ese momento, Lise pasa un nuevo puesto en Suecia fuera del Instituto Siegbahn, el tipo de puesto que esperaba cuando llegó. En 1947 su trabajo en Suecia va haciendo progresos y se aprobó el primer reactor experimental. En 1945 es elegida como miembro extranjero de la Real Academia de las Ciencias y tras adquirir en 1949 la ciudadanía Sueca, se convierte en miembro de pleno derecho en 1951 pudiendo participar en el proceso del Premio Nobel.

El equilibrio empezó a recuperarse con los reconocimientos que recibe de Alemania y Austria. En 1947 el premio de las artes y las ciencias de la ciudad de Viena. En 1949 recibe la medalla Max Planck y es la primera persona en recibir el premio Otto Hahn. En 1957, la orden al mérito, el más alto galardón civil de la Alemania del oeste; la medalla Wilhelm Exner de Viena en 1960 y la medalla Dorothea Schlözer de Gottinghen en 1962. Es nombrada doctora honoraria varias veces y recibe premios de universidades y como miembro de sociedades científicas y académicas. En más de una ocasión Lise diría que la gente joven necesita más esos reconocimiento.

En 1950 publicó su último artículo científico y se retiró académicamente a la edad de 65 años en 1954, no sin antes asegurarse de que el 13 de julio de 1954 el reactor experimental sueco alcanzase la criticidad y Suecia entrara en la era atómica.

Lise nunca volvió a ser parte de Alemania, su papel será solo de honorable invitada o visitante del pasado y sus premios no tendrán resonancia científica. Un ejemplo de ello, fue la placa conmemorativa del instituto de Química de KWI en Dahlen, a la ceremonia llevada cabo en 1956 ni asistió Meitner ni su nombre fue incluido en las placas de bronce del edificio en el que trabajó durante más de 25 años. Max von Laue, director del Instituto desde 1956 se sintió culpable y al día siguiente propuso un nuevo instituto de investigación nuclear en Wannsee con el nombre de Lise Meitner. Pero nadie en Alemania entendía una investigación nuclear sin el nombre de Hahn, así que de nuevo y por última vez Hahn obtuvo provecho de Lise Meitner, pues el Instituto se llamó Hahn-Meitner Institute.

En 1960, su retiró sería definitivo y se trasladó a Cambridge para estar más cerca de Otto R. y su familia. Pero en 1963, poco antes de que se editaran las memorias de Hahn, rompió el silencio que siempre había guardado sobre la versión alemana y de Hahn y escribió un artículo no técnico en un periódico científico. En él, sin contradecir directamente a Hahn, puso la investigación del uranio de manera sólida en un contexto de la Física comenzando y terminando con referencias a Fermi. Aclaró públicamente que fue Hahn quien la reclutó a ella para su investigación y mostró su malestar por las implicaciones de los resultados de sus descubrimientos y por el que consideraba su gran error científico: haber dirigido su investigación solo en la dirección de los transuránicos.

Lise Meitner receiving the Enrico Fermi she shared with with Hahn and Strassmann. Dr. Glenn Seaborg is presenting the award. Otto Frisch is on the left. Wikimedia Commons

En 1966, Hahn, Meitner y Strassman fueron galardonados como equipo con el premio Enrico Fermi de la US Atomic Energy Commission por su independiente y colaboradora contribución en el descubrimiento de la fisión, pero Lise estaba ya demasiado enferma para recoger el premio.


El 27 de Octubre de 1968, poco antes de cumplir los 90 años, Lise Meitner murió mientras dormía. La música de Bach sonó en el órgano de la iglesia. Fue enterrada junto a su hermano Walter y Otto R. eligió su epitafio: Lise Metiner, Una física que nunca perdió su humanidad.

El elemento químico transuránico de número atómico 109, lleva su nombre: Meitnerio

Austrian physicist Lise Meitner (1878–1968) is buried in the graveyard of St. James’ Church, located in Bramley, Hampshire, England. Her grave marker reads: «A physicist who never lost her humanity.» by Deben Dave. Wikimedia-Commons

Esta biografía se ha inspirado principalmente en el libro de Ruth Lewin Sime, Lise Meitner . A life in Physics.

La vocación de Cecilia

Aquella niña tenía un sueño: ir a Cambridge y estudiar paleobotánica.

Con apenas 6 años Cecilia pidió leer la enciclopedia británica y a los 8 distinguió en el jardín de su casa una rara variedad de orquídea, lo que le llevó a  hacerse la promesa de consagrarse al estudio de la naturaleza. Pero poca ciencia se enseñaba en el riguroso colegio católico en el que estudiaba, donde prevalecía la idea de que  las señoritas deben centrarse en la lectura y la escritura y que no necesitan desarrollar habilidades numéricas.

Cuando todavía era aún una colegiala la invitaron a ver el jardín experimental de William Bateson, posiblemente un hombre muy amargado. Cuando le comentó que para ella investigar debía ser lo más extraordinario del mundo, él le espetó que no era maravilloso en absoluto, que era tedioso, desalentador e incluso molesto. Casi la hizo llorar. Le causó una gran impresión, pero obviamente no le hizo cambiar de opinión acerca de investigar.

Afortunadamente para Cecilia, entró en escena Dorothy Daglish, quien fue contratada para enseñar botánica y quien inmediatamente reconoció en la joven una genuina pasión por la ciencia. Dorothy instruyó a Cecilia en los compuestos químicos del laboratorio, le introdujo los libros de física y la llevó a los museos e incluso unas Navidades le regaló un libro de Astronomía.

Pero en un mundo en guerra nada es duradero y tampoco lo fue la vida de Dorothy, quién enfermó antes de que Cecilia pudiera completar su formación.  A pesar de ello Cecilia estudió botánica por su cuenta obteniendo las mejores puntuaciones del examen preparatorio para la universidad. Pero bien sabía ella que para convertirse en científica necesitaba también preparación en matemáticas y alemán, algo para lo que el colegio no estaba preparado. Quizás sea ésta la primera vez en la historia que un colegio expulsa a un alumno por sus altas capacidades, pero lo cierto es que Cecilia, que solo había recibido instrucción formal en latín y griego, acabó expulsada cuando tan solo le faltaba un año de preparación.

Con diecisiete años su sueño de ir a Cambridge parecía evaporarse: el mundo estaba en guerra, su familia  no podía permitirse el gasto y la sociedad inglesa de la época no estaba cómoda con que las mujeres estudiasen ciencias.

Pero eso no iba a detenerla, así que Cecilia optó por una  línea aún más difícil  y estudió física. No fue nada fácil ser la única alumna, ni sentarse sola en la primera fila, ni tolerar el carácter de Rutherford quien no apreciaba a las mujeres en el laboratorio. Su actitud decepcionó profundamente a Cecilia, quien decidió de nuevo cambiar de dirección en cuanto pudiera.

Una conferencia en el Trinity College sería la señal que orientaría a Cecilia en su tránsito por esa compleja red de carreteras que unen todas las disciplinas científicas. Eddington, quien era conocido por sus trabajos relacionados con la teoría de la relatividad  y su habilidad para explicar los conceptos tanto en términos científicos como para el gran público, acababa de regresar de una  expedición a Brasil donde durante un eclipse grabó por primera vez la curvatura de la luz  predicha por Einstein. Cecilia quedó fascinada y al día siguiente transcribió de memoria la conferencia entera, palabra por palabra y tomó una decisión: estudiaría astronomía.

Si nada la había detenido siguiendo sin mapa un camino tortuoso, ahora que había cogido la autopista ya nada podría impedir que  hiciera el hallazgo que le estaba destinado.

Un retrato al aleo de  aquella niña, ahora Cecilia  Payne – Gaposchkin, se exhibe en el hall de la Universidad de Harvard, nada menos que a pocos metros del de Abbot Lawrence Lowell, quien decretó que las mujeres nunca enseñarían allí. Pero Cecilia no solo enseñó en Harvard sino que escribió la tesis más brillante jamás escrita en astronomía y  descubrió de qué están hechas las estrellas. Si Copérnico, Newton o Einstein nos enseñaron maneras nuevas de mirar al universo, Cecilia nos descubrió su composición

Su fuerte vocación y el encontrar a personas que supieron trasmitir la belleza de la ciencia permitieron que lograse encontrar su camino sin desanimarse. Después de todo, su vocación la estuvo llamando desde el día en que nació, pues cuentan que su primera relación con la astronomía tuvo lugar cuando apenas era una niña a la que su madre, Emma,  llevaba en carrito. Fue cuando por unos segundos un brillante meteorito iluminó el cielo  y para que su hija no lo olvidara, Emma inventó unos versos:

As we were walking home that night,
We saw a shining meteorite
.

Emma Payne

Con esta entrada participo por el #11F2023 en #PVmujerciencia23 de @hypatiacafe por el @11defebreoES

El sueño de María

Los pequeños cristalitos de las grandes lámparas de gas del salón de baile reflejaban la luz del bulbo central creando un efecto encandilador que le recordaba a las entrañables fiestas navideñas del hogar paterno. Los pies de los bailarines se deslizaban al son del rápido vals de Strauss por su oscuro suelo de tarima de roble, tan pulido como los zapatos de los danzantes. Todas las parejas vestían igual: esmoquin negro ellos, vestido blanco de noche largo que recogían con la mano derecha ellas . Giraban en torno a sí mismas en sentido de las agujas del reloj mientras recorrían la estancia en sentido contrario. A gran velocidad. Cerraban un gran círculo que rodeaba la estrella de marquetería en roble más claro que ocupaba el centro del salón, como si fueran una guirnalda.  Un grupo nuevo de bailarines se incorporó a la sala de baile. Les fue imposible romper el círculo que formaban los primeros para incorporarse y por ello se acomodaron en un círculo mayor que los rodeaba. Comenzaron a danzar en sentido contrario. Todos en perfecto orden. Parecían capas de una cebolla cortada por la mitad.

Sonó una campanita. ¿Cambio de sentido? Cualquiera que hubiera bailado el vals vienés sabría que no costaba lo mismo bailar en una dirección que en la contraria y también sabría lo difícil que resultaba invertir la rotación. Pero los bailarines parecían ajenos al sonido y continuaban con la inercia del baile sin intención de cambio. La campanita sonó de nuevo. Esta vez algo despertó en la conciencia de María, por un momento dudó desorientada. Era el despertador.

Unos segundos tardó en despertar completamente, segundos en los que revivió el sueño en su cabeza para no olvidarlo. No era la primera vez que giraba en sueños. Unas noches antes había soñado estar dentro de una taza gigante. Esas tazas de feria que giran alrededor de su eje central a la vez que describen un círculo completo sobre la plataforma de la atracción. Pensó que ambos sueños tenían muchas similitudes y fantaseó con la idea de que podrían tener relación con la investigación que desde hace un año ocupaba su mente noche y día ¿No estaría obsesionándose? Los ruidos cotidianos y la voz de Joe recordándole que se hacía tarde la sacaron de su ensimismamiento y relegó los sueños a un oculto cajón de su memoria inconsciente


―Hoy volveré tarde, pasaré por el despacho de Fermi antes de venir ― le dijo a Joe al salir del coche mientras plantaba un cariñoso beso en su mejilla.

María había llegado a Chicago un par de años antes con un puesto, por fin, remunerado como profesora asociada de la universidad. Hasta ahora siempre había antepuesto la carrera de Joe a la suya y las leyes anti-nepotismo le habían impedido consolidarse como científica independiente y recibir un salario justo. Pero también llegó con la idea de continuar su trabajo con Eduard Teller en el “Proyecto Secreto” que se había iniciado durante la guerra en el Laboratorio Metalúrgico, ahora sustituido por el Laboratorio Nacional de Argonne bajo la dirección de la reciente Comisión de Energía Atómica. Había aceptado compaginar el puesto de Física Senior en la División de Física Teórica del laboratorio con el trabajo de la universidad. Pero el laboratorio estaba interesado en la Física nuclear, disciplina en la que tenía poca experiencia. Por otro lado, Teller quería a alguien que trabajase con él en la fascinante teoría del origen de los elementos. Quería un colega que le sirviera de audiencia y que supiera de matemáticas, una de las áreas en las que María era experta.

Pronto ambos, María y Teller, se dieron cuenta de que algunos elementos como el estaño o el plomo eran más abundantes de lo que cualquier teoría podía explicar. Se preguntaban por qué esos elementos en particular tenían núcleos tan estables. Pero Teller estaba, como siempre, disperso con varios proyectos y viajaba constantemente por lo que María se enfrentó sola al reto de descubrir que en todos esos núcleos el número de protones o de neutrones era muy especial. Tan especial que para captar el espíritu de misterio que los envolvía se refería a ellos como “números mágicos” y conforme el número crecía -2, 8, 20, 28, 50, 82 o 126- el misterio parecía más y más profundo. Cada noche, María volvía a casa completamente inmersa en la investigación del día. No era capaz ni de atender a los niños, tan solo encendía un cigarrillo tras otro y hablaba y hablaba y hablaba sin parar de números mágicos mientras Joe asentía y le animaba a acumular más datos.

Los intentos por interesar a Teller en su investigación no dieron ningún fruto. María coleccionaba números mágicos que los experimentos de la Universidad de Chicago reproducían una y otra vez indicando una posible simetría nuclear, pero él estaba mucho más interesado en el desarrollo de armas nucleares.

Así que ella se había acostumbrado a visitar a Enrico Fermi de forma asidua, parecía ser el único científico en Chicago interesado en su trabajo. Su amistad se remontaba a la primera vez que los Fermi llegaron a Estados Unidos, ambos habían encontrado casa en Leonia, cerca de la Universidad de Columbia. Por aquel entonces, mientras Enrico convencía al gobierno de iniciar una investigación nuclear, María introducía a Laura Fermi en los secretos de la vida americana que más la aterraban: la lavandería y el supermercado.


El despacho de Enrico estaba en la tercera planta, con vistas al jardín y orientado al oeste. Aquella tarde de abril, la puesta de sol desde los ventanales del despacho resultaba muy estimulante. Para ella era un lugar especial donde siempre se hablaba de ciencia con la ligereza que se habla de cualquier banalidad. El gran talento de Fermi, tanto teórico como experimental, estimulaba a María a buscar soluciones sencillas a problemas complejos. Se sentía cómoda y fumaba en exceso, pero para Enrico eso no era ningún problema.

Mientras hablaban de su teoría sobre los números mágicos, sonó el estridente pitido del interfono.

―Buenas tardes, señor Fermi. Tiene una llamada de larga distancia― comunicaba la metálica voz del aparato.

―Gracias, bajo enseguida― y volviéndose a María le dijo ―Tengo que dejarte un momento, no tardaré―

Apenas había abierto la puerta cuando se volvió y le preguntó ―¿Podría tu teoría explicar el acoplamiento spin-órbita?― y desapareció en dirección a la escalera.

La pregunta desencadenó en María una especie de flash de revelación, como un pálpito. No sabía cómo, pero era capaz de explicar por qué ciertos números mágicos se ajustaban a ciertos núcleos. Había dado con la pieza final del puzle. Sabía que debía ser así, que había resuelto el misterio. Solo deseaba coger papel y lápiz y comenzar a calcular que lo que pensaba era correcto.

Al ver los resultados, una sensación desconocida e indescriptible recorrió su cuerpo. No eran nervios, aunque su cabeza parecía acelerase sin control. No era vértigo, pero se sentía como si callera al vació. María experimentaba la excitación emocional y física que acompaña a los largos y profundos procesos creativos. Acababa de experimentar lo más parecido a la felicidad: la plenitud de descubrir.

Fermi apenas tardó diez minutos en volver y María salió a su encuentro.

―Enrico, ya lo tengo, ya lo tengo, tienes que ver esto― y comenzó a explicarle su nueva teoría. Las palabras salían a borbotones y sin pausa. Pero Fermi era un hombre que gustaba de la calma, el detalle y de explicaciones metódicas.

―Mañana, cuando estés menos excitada, me lo explicas― dijo con una sonrisa mientras cogía su sombrero y abandonaba el despacho.

Lo que María acababa de descubrir era que el número mágico de un núcleo estable era función de dos cantidades bien conocidas: el spin y el momento angular orbital de cada partícula.

Su sueño contenía la respuesta a la pregunta de Fermi sobre el acoplamiento spin-orbita. Al igual que los bailarines giraban en torno a sí mismos moviéndose alrededor del salón, cada nucleón gira alrededor de su eje y al mismo tiempo tiene un momento en órbita que determina su nivel de energía. Los bailarines de cada círculo representaban el número de partículas nucleares en cada capa.

A pesar de haber escrito antes artículos importantes esta vez le resultó mucho más difícil. Tenía miedo, miedo de presentar sus ideas a la comunidad científica. Quizás no fueran tan originales como ella creía o tal vez había estado influenciada por otros artículos que había leído. Joe puso el lápiz en sus manos y la insistió hasta que escribió sus descubrimientos de forma preliminar. Le pidió a Fermi que firmara con ella.

―No, María. Yo solo te hice una pregunta. Debes aparecer tu sola.

Tan solo redactó una escueta carta al editor que fue publicada en junio de 1949 en la revista Physical Review.


Un timbre sonó en la lejanía, pero no los sacó del sueño. La segunda vez que sonó el teléfono los despertó completamente. Eran las dos de la mañana.

― Llamada de larga distancia desde Estocolmo― dijo la telefonista y escuchó el cambio de clavija de la centralita.

Tapó el micro con la mano y se giró ―Joe ¿a quién conocemos en Estocolmo?

Antes de que pudiera responderle se oyó la voz del periodista que llegaba fuerte y clara a pesar de la distancia.

― ¿María Goeppert Mayer? 

― ¿Si?

―Llamo para comunicarle que ha sido galardonada con el premio Nobel de física…―La sensación de irrealidad la paralizó, creía que era una equivocación.

―María, ¿me escucha?

―Sí, sí, sigo aquí, es que… realmente no sé qué decir― gritó María ― ¿Es cierto? No puedo creer que sea cierto― Buscó a Joe con la mirada, pero él ya estaba en la cocina y la esperaba con una botella de champan.

A la mañana siguiente una multitud de cámaras y reporteros esperaban a las puertas de la casa donde llegaba un torrente continuo de telegramas y flores.

Nunca, ni en sus anhelos más profundos, soñó María que aquella simple carta de hace 14 años, una obra maestra de claridad y concreción, la convertiría en la segunda mujer en recibir el premio Nobel de Física y la tercera Nobel en Ciencia.


Bibliografía:

Maria Goeppert Mayer Physicist by Joseph P. Ferry

Son of (Entropy)2 by Peter C. Mayer


Con este texto participo en la iniciativa de @hypatiacafe del mes de enero de 2023. Humilde contribución a #PVenero2023

La culpa fue de Arquímedes

Recuerdo la primera vez que algo de la clase de ciencias me impresionó hasta el punto de robar mi atención, cosa nada fácil para una chica de mi edad. Fue en el curso escolar 1978-79; en la clase del final del pasillo a la izquierda, en  la segunda planta de un colegio de provincias y yo; una niña ingenua de séptimo de EGB que escuchaba embobada el principio de Arquímedes. Pensé ―yo enseñaré eso alguna vez―. Aquella impresión marcaría mi trayectoria, pero eso lo supe mucho, mucho más tarde.

Por aquel entonces, yo no sabía lo que era la Ciencia y mucho menos lo que era ser científica. Para mí las ciencias naturales (todavía era pronto para distinguir), las matemáticas o la lengua no eran más que asignaturas que se enseñaban en el colegio. De hecho, el principio de Arquímedes tenía nuestra propia versión de colegiales mucho menos científica: «Un alumno sumergido en un suspenso experimenta un empuje vertical y hacia arriba en dirección al aprobado igual al peso del jamón desalojado por su padre».

Siempre me he debatido entre las ciencias y las letras. ¿Por qué elegir? Todo parecía apuntar a que yo debía ser una niña de letras. Sin ir más lejos, al año siguiente de mi encuentro con Arquímedes, justo antes de acabar el colegio, quedaba finalista provincial en el XX Concurso  Nacional de Redacción; aquel que patrocinaba Coca Cola. Aún recuerdo el tema. Pero como mi memoria es caprichosa, ya se ha inventado cosas otras veces, lo he buscado en internet y sí, no estaba tan desencaminada; el titulo exacto era: “El progreso del hombre en los dos últimos milenios, un punto de partida para el  futuro”. ¿No os parece premonitorio? Bueno, en realidad tan solo fui la última seleccionada de la provincia y seguro que ni siquiera  fui capaz de nombrar a ningún científico en mi texto. Me queda la duda de si mencioné a Arquímedes.

Mis años de instituto pasaron haciendo visitas al departamento de griego en busca de un papel en alguna de las tragedias que interpretaban. Yo me presentaba a Medea y ellos me daban el papel de esclavo en una comedia de Plauto. Y sí, como cualquier buen adolescente también cultivaba esa poesía intimista en la que rumiamos nuestros sentimientos más superficiales y universales creyéndolos excepcionalmente únicos y profundos. Pero mi elección, cuando había que elegir, eran siempre las ciencias.

Todo acaba y el instituto también. Lo lógico, con recursos limitados y sin tradición universitaria familiar, hubiera sido cursar Magisterio que es lo que se podía hacer en mi ciudad. Pero para asombro de muchos, incluida yo misma, decidí estudiar Físicas. En mi familia no entendían lo que era aquello y siendo sinceros, yo tampoco. Mirado con retrospectiva me parece que mi determinación era algo inusual: no conocía a nadie que hubiera estudiado Físicas, tampoco conocía el alcance de mi elección ni los obstáculos que se añadirían: una ciudad más grande, el inglés, la informática… ¿Qué me llevó a tomar esa decisión y completarla? 

Muchos años después, cuando alguien me preguntó por qué estudié ciencias, yo respondí sin dudarlo ―porque quería enseñar el principio de Arquímedes―. Fue ahí cuando me di cuenta de que no importaba lo que se me diera bien o mal, o lo fácil o difícil del camino porque la decisión estaba tomada desde que tenía 13 años y ni siquiera lo sabía. ¿Entendéis ahora por qué es tan importante que las niñas se sientan impactadas por algún concepto científico a edades tempranas?

Nunca fui profesora, o al menos como yo me lo imaginaba. Tampoco me considero científica, aunque haya estudiado Físicas y trabaje en tecnología nuclear. Posiblemente hay una cierta similitud entre la industria y la ciencia, entre la investigación y el desarrollo, entre formar a nuevos compañeros y la docencia, pero tengo tan mitificada la labor científica que no puedo menos que diferenciarlos.

Y como veis he vuelto a tener escarceos con las letras. No puedo evitarlo. Aunque tampoco me siento divulgadora puesto que creo que es algo  ligado a la investigación científica. Pero puedo hablar de ciencia y de científicos y aprender lo que no aprendí en la carrera: sus historias.

Me sigue impresionando ver un transatlántico flotar en medio del océano o ver un avión aterrizar y despegar. No me acostumbro. Quizás sea porque a mí me da miedo la inmensidad: la enormidad del Universo, las profundidades del mar, la velocidad a la que viaja la Tierra o el espacio vacío del átomo. Probablemente nunca entenderé la física cuántica, pero es que para eso, hay que ser muy valiente.


Me resulta extraño hablar de mí en un blog que está destinado a hablar de otros, pero sirva como entrada que participa en el blog de narrativa científica Café Hypatia con el tema #PVprimeravez.


Las fotos corresponden a un grafiti de la ciudad de Bruselas y a mi primer año en la Universidad de Valencia.

Científicos LGTBIQ+

“ Kameny era el más convencional de los hombres, centrado por completo en su trabajo, en Harvard y en Georgetown… Por lo que no pudo comprender que aquella mañana de 1956 fuera a sufrir el mismo destino que décadas antes sufriera Prescott Townsend” [1].

Acababa de completar su tesis doctoral en astronomía: “A Photoelectric Study of Some RV Tauri and Yellow Semiregular Variables” bajo la supervisión de la profesora Cecilia Payne-Gaposchkin, la primera mujer jefa de departamento en Harvard y descubridora de la composición de las estrellas. Un final extraordinario para un camino que emprendió a los 16 años cuando entró en el Queens College para estudiar física y que se vio interrumpido al ser reclutado por el ejército de los Estados Unidos para servir en la Segunda Guerra Mundial.

Volvía agotado pero contento. Más de 15 horas de autobús desde Tucson le habían dejado entumecido. La estación de autobuses de San Francisco era un hervidero, un extraño se le acercó y le manoseó con demasiada familiaridad. A los pocos minutos unos policías de paisano le detuvieron. Alguien le había denunciado. Condenado a tres años de libertad condicional no intentó luchar contra los cargos ante la promesa de que sus antecedentes penales serían borrados tras cumplir la condena. Kamely nunca pensó que afectara a sus perspectivas de empleo.

Enseñó durante un año en el Departamento de Astronomía de la Universidad de Georgetown y fue contratado en julio de 1957 por el Servicio de Mapas del Ejército de los EE. UU. Sin embargo, cuando sus superiores supieron de su arresto en San Francisco y lo interrogaron, él se negó a dar información sobre su orientación sexual. Al poco tiempo fue despedido y en enero de 1958 el gobierno federal le prohibió un futuro empleo. Nunca volvió a tener un trabajo remunerado y vivió del apoyo de amigos y familiares el resto de su vida. Kameny apeló contra su despido ante los tribunales, perdiendo dos veces antes de buscar una revisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos, que se negó a considerar el caso y rechazó su petición. A pesar de ello, su caso es de sorprendente relevancia al ser la primera reclamación de derechos civiles basado en la orientación sexual.


La carrera científica no se ve como un camino tradicional que sigan las personas LGTBQI+ (siglas que designan al colectivo compuesto por lesbianas, gays, transgéneros, transexuales, bisexuales, intersexuales, queer y el resto de identidades y orientaciones incluidas en el +, que nos indica que el colectivo sigue en constante crecimiento), a las que se representa habitualmente como trabajadores del mundo del espectáculo y la industria de la moda.[3]

El precio que pagan las personas debido a los prejuicios sociales que refuerzan la primacía de los roles de sexo binario y las jerarquías de privilegio basadas en el género y la raza son enormes, pero no hay que olvidar que La Ciencia, como institución tradicionalmente de cultura conservadora, tiene un coste asociado a la perdida de ese talento.

Por ello, el 18 de noviembre que simboliza el aniversario de la lucha del astrónomo estadounidense y activista gay Frank Kameny en la Corte Suprema de EE. UU. contra la discriminación en el lugar de trabajo, ha sido elegido el Día Internacional de las Personas LGTBQIA+ en STEM para resaltar el trabajo y las barreras de las personas de ese colectivo  en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas.

El gobierno americano le pidió perdón a Frank Kamely en 2009, pero nunca sabremos cuales hubieran sido sus aportaciones a la ciencia. ÉL abandonó su trabajo de manera forzosa, pero en 2019 el proyecto Explorando el lugar de trabajo para científicos físicos LGBT+ desveló que el 28% de las personas LGBT+ en algún momento ha considerado dejar su lugar de trabajo debido a ser un lugar hostil y discriminatorio para ellos y el 20% de las personas trans declaran considerarlo a menudo.

Uno de cada tres físicos de EE. UU. permanece en el armario para progresar en su carrera. La mitad de los físicos transgénero o de género no conforme fueron acosados ​​en sus propios departamentos según la encuesta de la Sociedad Estadounidense de Física de 2015. Los estudiantes homosexuales y bisexuales tienen menos probabilidades de seguir una carrera académica [2018 Salir del armario en STEM: Factores que afectan la retención de estudiantes STEM de minorías sexuales].  Esta lucha se complica todavía más cuando se añaden otros factores como género o color.

Las grandes ideas se desarrollan en grupo, pero parten de individuos extraordinarios.  La diversidad en la ciencia debería ser parte de su grandeza, así lo demuestran el matemático Alan Turing, castrado químicamente a pesar de sus grandes contribuciones, la física y astronauta de la NASA Sally Ride, cuya orientación sexual no desveló nunca para no perjudicar su labor y que fue desvelada tras su muerte o el extraordinario caso  del neurobiólogo estadounidense Ben Barres, que fue el primer científico transgénero que ingresó en la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos en 2013.

Todo el mundo necesita un modelo con el que sentirse identificado y el apoyo de sus instituciones.  “Ver a alguien de éxito y declarando abiertamente su sexualidad me dejó más claro que podía alcanzar el éxito como un individuo completamente abierto”[2]


Artículo creado como colaboración para #Polivulgadores de hhtps://cafehypatia.wordpress.com/ con el tema #PVsesgos

El simposio

Ivor Robinson moría de aburrimiento en Dallas, a donde se había mudado para encabezar el nuevo grupo relativista del Southwest Center for Advances Studies.

Un inmenso desierto separaba las zonas costeras donde se concentraban las jóvenes promesas americanas de la física. Un vasto escenario geográfico tan duro y olvidado que se diría que únicamente podría albergar resignación. Pero no, en aquel desierto se había levantado una de las mecas científicas más importantes del país, la nueva “Princeton” de Texas, y las dos ciudades más importantes del estado de la estrella solitaria, Dallas y Austin, habían aportado su granito de arena en forma de subvenciones a la investigación. Un titular del Dallas Times Herald llegó a describir el incipiente corredor tecnológico “como ciencia ficción“.

Sin embargo, con la única distracción de observar el movimiento de los coches, cual hormigas en fila en el inmenso aparcamiento del centro que, a su vez, se empequeñecía conforme se levantaba la vista al vasto paisaje baldío que le rodeaba, Ivor suspiraba por hablar con personas que pudieran reconocer un bivector nulo en cuanto lo vieran.

Así que  aquel largo fin de semana del 4 de julio de 1963 invitó a los relativistas Alfred Schild y Engebert Schücking a pasar juntos en su nuevo entorno unos insípidos y calurosos días.

Sentados alrededor de una piscina suburbana de Dallas, se abanicaban perezosamente con un  Martini bien cargado en la mano, cuando el físico Lauriston Marshall, director científico del centro sugirió ― ¿No creéis que quizás una pequeña conferencia pondría ayudar a poner en el mapa el Instituto?

― Darle a la vida, al menos, un poco de sabor – contestó Ivor elevando su copa con uno de sus característicos gestos grandilocuentes mientras Schild y Schücking salían de su plácida modorra para aplaudir la idea.

Schücking se incorporó ligeramente mientras se acomodaba las gafas y buscaba un cigarrillo, todos sabían que fumar le ayudaba a pensar. Apenas había dado la primera calada cuando entornando los ojos dijo ―Quizás podríamos hacer una conferencia sobre los cuásares―y tras una reflexiva pausa añadió ―nadie sabe exactamente lo que son― e inmediatamente todos estuvieron de acuerdo.

Tras el tercer Martini, un contagioso entusiasmo se apoderó de ellos y pronto la idea original de llevar a cabo un pequeño simposio se les fue de las manos.

 ―Hemos “texanizado” la idea ―apuntó  Schücking entre risas ―la hemos convertido en una gran celebración en Dallas.

― Que mejor uso para los valiosos fondos de la ciudad que convertirlos en alcohol – sentenciaba Ivor que defendía que era un elemento imprescindible para que el debate fluyera adecuadamente. Ya destinarían los fondos de Austin a otros gastos más sobrios.

Pero ¿cómo se llamaría la conferencia?  Después de todo no eran más que un pequeño grupo de relativistas organizando una conferencia sobre un tema astronómico.

 ―Hemos arreglado eso ― dijo Schild unos días más tarde―El título de la conferencia será   Simposio de Texas sobre Astrofísica Relativista.

Acababan de dar nombre a un campo teórico totalmente nuevo e invitaron a todos los que en el mundo pudieran estar relacionados con esa disciplina.

Pero el viernes 22 de noviembre, apenas 3 semanas antes del encuentro y a tan solo tres manzanas del hotel elegido para la conferencia, el trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, J.F. Kennedy, era asesinado en Dallas. El gobernador de Texas, John Bowden Connally Jr., encargado del discurso de bienvenida del congreso, viajaba delante del presidente en el  Lincoln Continental blanco que se dirigía a la Base Aérea de Carswell para abordar el avión presidencial. Nada evitó que los disparos acabasen con la vida de Kennedy ni que Connally resultase gravemente herido. La tragedia conmocionaba al mundo entero y hacía peligrar la conferencia.

Nunca sabremos si el congreso se celebró porque los organizadores capearon hábilmente todas las presiones ejercidas para su cancelación o si simplemente lo facilitó el oportuno informe del FBI a la comisión Warren en el que, en tan solo 17 días tras el incidente, se concluía que Lee Harvey Oswald hizo los tres disparos.

Lo cierto es que, justo antes de las vacaciones de Navidad, unos 300 científicos de todo el mundo se dieron cita en el centro de Dallas. John Connally, con su brazo derecho aún en cabestrillo, dio la bienvenida en el discurso de apertura  y Oppenheimer presidió la primera sesión. Unos minutos antes de iniciarla Engebert Schücking dijo ―Señores, sincronicemos nuestros relojes.

Por fin la relatividad general y la astrofísica acomodaban el paso.

Hoy en día, el primer Simposio de Texas, además de por el alcohol que lo hizo posible, es recordado por una pequeña charla que en aquel momento pasó desapercibida para los astrofísicos del público, el anuncio del gran avance en la física de los agujeros negros. La dio un prometedor relativista llamado Roy Kerr.

Este texto parte del libro Agujeros Negros de Marcia Bartusiak

Las fotos utilizadas en el texto se han obtenido the University of Texas Center for Relativity https://web2.ph.utexas.edu/utphysicshistory/index.html

A una dama nunca se le pregunta la edad

Apenas había amanecido para la humanidad cuando me colocaron en el centro del Universo y desconocedores de mi condición de planeta me llamaron Tierra en lugar de Gaia, la diosa griega que me correspondería. En cualquier caso, llevo nombre de mujer y tengo entendido que a una dama nunca se la pregunta la edad. La mía fue objeto de un largo debate entre no pocos nombres ilustres que me obligó a presenciar el infantil espectáculo de la incapacidad humana para el dialogo y la renuncia a tener la razón.

Nunca oculté los signos del paso del tiempo pero como no todos eran visibles a simple vista, suplieron con imaginación las limitaciones de sus sentidos. Al principio, ni siquiera les hizo falta observarme, la especulación estaba muy extendida entre las primeras civilizaciones que consideraban mi creación como parte del origen del Universo. En la tradición judeocristiana, el libro del Génesis daba la pista para establecer el momento de ese evento único. Así, en un alarde de precisión, el Arzobisto de Ussher’s, dedicado a contar generaciones humanas desde Adán y Eva hasta el momento presente, puso en 1654 fecha y hora en mi partida de mi nacimiento: a las 9 en punto de la mañana de Mesopotamia, el 6 de octubre del año 4004 a.C. según el calendario Juliano. Dato que ni siquiera Newton puso nunca en duda.

Afortunadamente, desde mediados del siglo XVIII los científicos se animaron a romper con la tradición de dejar mi origen en manos del Creador. Mikhail V. Lomonosov sugirió que el Universo y yo no teníamos por qué habernos formado a la vez, que cientos de miles de años nos separaban y Compte de Buffon, que creía que me enfriaba lentamente desde mi estado de calor inicial, intentó determinar mi edad experimentalmente midiendo la tasa de enfriamiento de un pequeño globo hecho a mi imagen y semejanza estimando que tenía 75000 años.

Por fin en el siglo XIX la moderna geología se rendía al placer de observar mi piel. Comenzó a intuir que los sucesivos estratos de rocas y tierra parecían servir para estimar la duración de los periodos geológicos. Pero sus estimaciones eran variopintas pues los naturalistas tan solo especulaban sobre el tiempo de formación de una capa. Charles Lyell insistía en 1830 en que la formación de rocas, su erosión y reformación se producían a una tasa constante y persuadió a muchos naturalistas para convertirse al uniformismo, corriente que rechazaba la idea de periodos catastróficos de rápidos cambios geológicos y para la que las rocas y fósiles indicaban una larga duración de los periodos geológicos, incluso de miles de millones de años y, por lo tanto, mi edad debía ser varias veces esa cantidad o incluso podía haber existido siempre.

Fue entonces, en 1862, cuando el reconocido físico William Thomson de Glasgow, futuro Lord Kelvin, en su rechazo a este movimiento, calculó mi edad como declaración de guerra. Él y otros físicos creían que en origen estaba fundida, que mi superficie se había enfriado y solidificado pero que mi núcleo seguía caliente. Me había ido enfriado conforme la energía se radiaba al frio vacío del espacio según la segunda ley de la termodinámica. ¿Cuánto tiempo necesité para alcanzar mi estado actual suponiendo que casi todo el calor generado se debía a la contracción gravitacional? Tan solo entre 20 y 400 millones de años.

Los resultados de Lord Kelvin angustiaron a los geólogos, pero más conmocionaron a los biólogos y en especial a Charles Darwin que había postulado que los organismos complejos requerían mucho más de 40 millones de años para evolucionar. En su defensa, el bulldog de Darwin, Thomas H. Huxley, que personificaba el odio por las ciencias físicas y el reacio respeto a los datos cuantificables que sentían los geólogos de finales del periodo victoriano, atacó a Kelvin por su flanco más débil. En la reunión de la Sociedad Geológica de Londres de 1869 dirigió su afilada retórica contra él poniendo en duda sus datos: “La exactitud de los procesos matemáticos arroja una apariencia de autoridad totalmente inadmisible sobre los resultados, las páginas de fórmulas no obtendrán un resultado definitivo a partir de datos sueltos».

Pero en la batalla Kelvin nunca estuvo solo, resultados independientes de astrónomos y físicos con distintas aproximaciones establecían un límite superior de 100 millones de años. El hijo de Darwin, profesor de astronomía en Cambridge se sumó a la discusión abalando esos resultados en base a la creación de la Luna, el director de la Geological Servay de Escocia hizo lo propio revisando las evidencias de la erosión y Jhon Joly de la Universidad de Dublín estimó de 80 a 90 millones de años con una técnica basada en la salinidad de los océanos. Un número creciente de geólogos se sumó al consenso de que me había formado hace menos de 100 millones de años.

La disputa podría haberse dado por zanjada, pero la duda vino a sembrar la discordia: algunos mantenían que nunca había estado en estado fundido mientras que otros defendían que mi interior todavía lo estaba, algo que Kelvin nunca había considerado. Se cuestionó si la contracción gravitacional era la única fuente de energía y se pusieron en duda los datos de erosión, sedimentación y salinidad. Kelvin refinó sus cálculos y redujo triunfalmente mi edad a 24 millones de años.

Ahora bien, a punto de acabar el siglo la radiactividad vino a reavivar el fuego y, por qué no, a salvar a Darwin. Bequerel descubrió el fenómeno, la pareja Curie el polonio y el radio y Rutherford explicó el proceso de la radiactividad. Una nueva fuente de calor entraba en la ecuación. Kelvin, aunque con sentimientos encontrados, se mantenía en la contienda mientras que algunos se sentían, por fin, liberados del peso de sus estimaciones. ¿Podía la radiactividad aportar suficiente calor como para marcar una diferencia significativa en mi edad?

Algunos creyeron que sí. Lo cierto es que la radiación como fuente de calor adicional no resolvía el problema pero los elementos radiactivos eran la clave para resolverlo. Rutherford y Soddy proponían que la radiactividad era una suerte de alquimia natural: un elemento se transformaba de forma natural en otro, pero el tiempo necesario para que los átomos del elemento de una muestra se redujeran a la mitad, vida media, variaba desde miles de años a milésimas de segundo. Los elementos de vidas medias muy elevadas permanecerán en cantidad tangibles y los de vida muy corta habrán desaparecido, por ello la presencia o ausencia de determinados elementos en la roca era una medida de mi edad.

Tomaban, por fin, el camino correcto pero siguiendo un mapa incompleto que durante las siguientes décadas se fue rellenando con importantes descubrimientos y mejoras tecnológicas: el concepto de isótopo, las leyes de decaimiento radiactivo que apuntaban al plomo como elemento final de la cadena del uranio, el espectrógrafo de masas… Poco a poco la resistencia de los geólogos se debilitaba y en 1921 en la reunión de la Brittish Association sobre el Avance de la Ciencia, las técnicas de datación radiométricas y geológicas se reconciliaban: geólogos, botánicos, zoólogos, matemáticos y físicos estaban de acuerdo en que mi edad era de varios miles de millones de años.

El armisticio se firmó en 1926, cuando un comité de la U.S National Research Council of National Academy of Sciences acordó unánimemente que el único método fiable para medir escalas de tiempo lo proporcionaba la radiactividad.

Hoy ya conocen mi edad de forma fiable, pero no me pregunten cuál es porque soy toda una dama.


Esta entrada participa en el blog de narrativa científica cafehypatia.wordpress.com en la convocatoria de relatos #PVgaia de @hypatiacafe de 15 de septiembre de 2022.


Fuentes:
1.-The Age-of-the Earth Debate. by Lawrence Badash, Scientific American August 1989
2.- Foto principal. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:The_Lost_Gardens_of_Heligan_-geograph.org.uk-_197947.jpg
3.- Fotos de estratos: ttps://pixabay.com/es/photos/estratos-rock-mar-oceano-jap%C3%B3n-4575931/

La lámpara de la señorita Leavitt

«No tengo ninguna duda de que en el curso del tiempo esta nueva ciencia será mejorada con más lejanas observaciones e incluso mucho más con pruebas verdaderas y concluyentes. Pero eso no disminuye la gloría del primer observador» [1].

Galileo

Es fácil imaginar a los primeros observadores mirando la oscuridad del cielo nocturno cubierta de brillantes puntos de luz y pensando que, quizás, era el techo del mundo donde se encendían los fuegos de los dioses. Como seres visuales, la luz que nos llega desde muy lejos condiciona nuestra forma de pensar. Así, desde las reliquias de las primeras civilizaciones a inscripciones en oráculos chinos, desde los libros de jeroglíficos mayas a las tablas de Babilonia, en todos recogieron información sobre brillantes cometas, movimientos precisos de Venus y ciclos de la Luna y los errantes[2]. Mucho más tarde, un grupo de peculiares mujeres capturaba también el misterio del Universo en nueve volúmenes de clasificación estelar con más de 250 páginas cada uno, proporcionando así los fundamentos empíricos para futuras teorías astronómicas.

La Astronomía nació de la unión de la curiosidad por lo remoto con la necesidad de lo práctico: trazar el patrón de las estrellas permitía establecer sistemas de coordenadas en los cielos, sus figuras estelares a lo largo de las estaciones servían de marcadores para la agricultura, la medida del tiempo o la navegación. Pronto las estrellas permitirían que los grandes aventureros se embarcaran en sus naves y surcaran los mares prohibidos rumbo al descubrimiento de sus vidas.

Más de 5000 kilómetros de océano es lo que separa Cambridge College del Observatorio de Harvard. Con tan solo un baúl, el violín heredado de su padre y los conocimientos adquiridos en el laboratorio de Cavendish, los recorría el 10 de septiembre de 1923 una joven estudiante de física. Cecilia Payne iba a hacer el descubrimiento que le estaba destinado: dar a conocer de qué están hechas las estrellas.

Para entonces la astronomía había dejado de ser el esfuerzo de aficionados. Convertida en una verdadera profesión, las universidades competían por albergar los más grandes telescopios de refracción pues sus avances iban inevitablemente ligados a los de la instrumentación. Galileo, el primero en usar el telescopio, nos introdujo en un intrincado universo de inesperado cambio; Newton, desde una perspectiva teórica, nos enseñó que el movimiento podía describirse con las mismas leyes físicas en la tierra y en el cielo. Pero lo que hizo que el astrónomo fuera algo más que un bibliotecario celestial fue la introducción del espectroscopio, aparato que podía descomponer la luz de las estrellas en su gama de colores (espectro), permitiendo discernir la química de los cielos. Con el tiempo, el uso de detectores que alcanzan longitudes de onda que nuestro ojo no puede percibir y sistemas computacionales para procesar inmensas cantidades de información permitirían rebasar los límites de nuestros sentidos y entrar en una era digital.

Sin embargo, cuando Cecilia llegó al observatorio de Harvard el mundo todavía era analógico y en una habitación subterránea bajo la rotonda circular del Telescopio encontró algo más que polvo: cientos de miles de placas fotográficas de cristal que registraban los espectros de prácticamente cada estrella visible.

Unos años antes, el innovador director del observatorio, Eduard Pickering, se embarcó en el titánico esfuerzo de fotografiar todo el firmamento. Muchas de las placas fotográficas eran enviadas desde otros observatorios, Perú, África del Sur, Nueva Zelanda y Chile, siguiendo largas y peligrosas travesías. Desde los Andes peruanos, por ejemplo, las cajas de placas cuidadosamente empaquetadas por el  astrónomo Solon I. Bailey, descendían a lomos de mulas, cruzaban un puente colgante hasta la ciudad de Chosica donde la frágil carga tomaba el tren en dirección a Lima y desde allí continuaba su largo viaje hasta el puerto de Boston. Conforme los botes con placas llegaban a Harvard se recogían y montaban en marcos de madera en los que eran analizadas con lupas de aumento y cuidadosamente clasificadas.

Para el análisis de este ingente caudal de datos Pickering, defraudado por la baja productividad de los asistentes masculinos, en una arrebato contrató a su joven ama de llaves, Williamina Fleming, y a un equipo de mujeres cuyos excelentes resultados demostraron que su intelecto encajaba en el proyecto, hecho que ya había demostrado la más famosa astrónoma americana de la época, Maria Michell. Lo que comenzó con un momento de rabia estableció una tradición que duraría décadas: más de 80 mujeres entre 1877 y 1919 trabajaron como computadoras del observatorio de Harvard, conocidas informalmente como “El harén de Pickering”.

Por 25 céntimos a la hora, la mitad del salario de un hombre, durante 6 días a la semana las computadoras realizaban un meticuloso trabajo, midiendo y calculando la posición y el brillo de pequeños puntos mediante la aplicación de fórmulas matemáticas y teniendo en cuenta las anotaciones que los observadores (hombres) había hecho durante la noche. La tarea requería un trabajo en pareja de alta concentración: una de ellas analizaba la placa y en voz alta enumeraba lo que en ella encontraba mientras que la otra lo registraba en un cuaderno de notas.

Las «Computadoras de Harvard» trabajando en el Observatorio en 1891.

Aunque “Pickering escogió a su equipo para trabajar y no para pensar”, algunas de estas mujeres se enfrentaron al reto de dar sentido a aquellos patrones. Williamina Fleming catalogó cientos de novas, estrellas variables y nebulosas bajo un sistema de su propia invención. Antonia Maury, soñadora y poeta, siempre ralentizaba el trabajo con sus preguntas sobre el significado de las cosas. Esta discípula de María Michell consiguió establecer el tamaño relativo de las estrellas a partir de los espectros. La «reina suprema» y física por Wellesley, Annie Jump Cannon, era físicamente perfecta para la tarea: sufría una sordera parcial pero sus maravillosos ojos podían ver lo que pocos eran capaces de detectar. Su velocidad para clasificar era asombrosa, hasta 300 estrellas por hora. A lo largo de su carrera inspeccionó más de15000 placas y fue famosa por generar un esquema de clasificación estelar basado en la temperatura que todavía se usa hoy en día. La última y “probablemente la más brillante” de las Computadoras de Pickering, cuya vida ha sido llevada a escena en la obra de Lauren Gunderson Silent Sky,  era graduada por Racliffe. Henrietta Leavitt compartía con Annie la sordera parcial y con Antonia la necesidad de entender lo que estaba clasificando. En su estudio de las estrellas variables conocidas en su colección como Las Nubes de Magallanes, encontró que la relación período-luminosidad es fundamental para determinar la distancia de las estrellas a la Tierra.

Cecilia, cuya historia merece un capítulo especial, recibió la primera beca Pickering y llegó a Harvard bajo el reinado de su sucesor, Harlow Shapley. Tan solo conoció a dos de las computadoras del harén: Antonia Maury y Anni Jump Cannon. Un par de años antes de su llegada Henrietta Leavitt murió de cáncer, lo que no impidió que hubiera una dulce conexión entre ambas, entre el presente y el pasado. Se decía que la lámpara de la Señorita Leavitt a veces se mantenía encendida durante la noche porque su espíritu todavía buscaba los secretos de las placas. En realidad era Cecilia quien desde el despacho de Henrrieta, heredado a su llegada a Harvard, la mantenía encendida trabajando sin descanso para convertirse en una verdadera astrofísica y redactar la tesis más brillante jamás escrita en astronomía: Stellar atmospheres.

Aunque todas ellas fueron reconocidas en su momento y durante décadas ganaron reconocimiento a lo largo del mundo por su contribución a la astronomía, hoy su historia ha quedado semienterrada, lo que no disminuye su gloria. Su esfuerzo cubrió de placas de cristal la bóveda del firmamento pero también pavimentó el camino para que otras mujeres trabajaran en computación, ingeniería y en la industria espacial como computadoras humanas.


[1] Esta cita corresponde a un escrito de Galileo a William Gilbert, investigados de magnetismo, pero hemos considerado apropiado adaptarla a la astronomía.

[2] Los planetas


Fuentes:

  • What starts are Made Of: the life of Cecilia Payne-Gaposchkin /Donovan Moore / Harvard University Press, 2020.
  • Beyond Curie: Four women in physics and their  remarkable discoveries, 1903 to 1963 (IOP concise physics)
  • Archives of the Universe, 100 discoveries that transformed our understanding of the cosmos /Marcia Bartusiak/ Vintage Books, 2004
  • Decembre2, 2016 ,The Glass Universe: Harvard’s Women Who Revolutionized Astronomy-The Atlantic
  • The Women Who mapped the Unverse And still Couldn’t get Any respect. Natasha Ceiling, September18, 2013
  • A trip back in Time and Space, July 10, 2007 by Gregory Johnson, New York Time
  • Silent Sky, Lauren Gunderson

Las luces del árbol

La mujer del cabo era de la capital. Se notaba enseguida que era más alta, o al menos a mí me lo parecía, más estirada y elegante. Su corte de pelo mostraba una modernidad que la diferenciaba del resto de la “civileras” de aquel pueblo y además era pelirroja. Éramos vecinas puerta con puerta en el último piso de un bloque de tres. Sus hijas tenían mi edad pero iban al colegio en la ciudad, donde vivían con un par de tías solteronas, por lo que solo las veíamos en vacaciones. Quizás por eso la mujer del cabo me pareció siempre más joven que mi madre.

Los días previos a Navidad siempre me han gustado. La actividad que producían los preparativos invitaba al ambiente festivo mucho más que la fiesta en sí. No recuerdo que aquel año acompañara a mi madre a la tahona, pero recuerdo muchas ocasiones antes y después en las que sí lo hice. Con apenas seis años, revivo la tahona de otro pequeño pueblo, el primero que ha quedado en mi precaria memoria. Una vez que traspasaba la puerta acristalada que separaba el mostrador de venta del obrador, se intensificaba un profundo olor a levadura y polvo de harina que lo inundaba todo. Las largas mesas de madera nos servían para cortar los mantecados o formar las rosquillas de aguardiente con esos característicos piquitos que todavía no me salen bien. Las latas que rascábamos y aceitábamos para poner los nuevos “untaos” se amontonaban como torres negras de pizarra. Mi madre ya llevaba la masa preparada en un barreño, de loza primero, de plástico después. De allí salían los dulces para todas las navidades y a veces también una canasta de magdalenas para el desayuno.

Ese peregrinar entre tahonas continuó en otros sitios y en otros rincones de mi memoria navideña. Cuando ya estábamos también nosotros en la capital. Cuando mi mundo ya era moderno y universitario. Cuando bajaba del automotor que me devolvía desde Valencia y tras dejar la maleta me dirigía a la tahona donde mi madre ya había iniciado la faena. Aún hoy seguimos haciendo “tontos” y rosquillas, pero ya no es lo mismo. Mi cocina y la de mi madre se llenan de olores navideños por un par de horas, pero no es lo mismo. No es el olor de mi infancia, aquel olor a leña, a frío, a emoción, a pueblo, a Navidad. No es lo mismo aunque lo intenta.

Lo que mi caprichosa memoria me devuelve de aquel año es la salida al campo con mi padre en busca de una rama de pino para poner el árbol. En mi casa siempre se ponía el belén, lo que no era poca tarea: buscar serrín en la carpintería, algún saco de cemento vacío de alguna obra cercana para hacer las montañas, y tierra, y musgo de las rocas más sombrías, y ramitas que se transformarían en árboles y algún que otro trozo de espejo roto para el río que sería más tarde remplazado por papel de aluminio. No sé si aquel fue el primer año que pusimos el árbol, solo sé que es el primero que recuerdo y que la mujer del cabo también tenía uno.

Aquella soleada mañana del día de Nochebuena, nos alejamos un par de kilómetros del pueblo en el auto verde de mi padre, porque mi padre solía decir auto o vehículo, pero pocas veces usaba la palabra coche. Buscamos una rama, no una rama cualquiera, tenía que ser frondosa para parecer un arbolito y estar los suficientemente baja para poder cortarla. Me sorprendí de los muchos adornos naturales que el bosque podía proporcionarnos, había ramas y piñas en el suelo y acebo y madroños con sus frutos rojos. Nuestra rama estaba allí, la encontramos y la llevamos a casa, la metimos en una maceta, le colgamos unas bolas caseras de colores y piñas pintadas por nosotras mismas, y unas viejas tarjetas de navidad que guardábamos en la caja de los adornos y un espumillón plateado que se me antojaba lo más bonito que había visto nunca. Ahora mi casa era como la de los anuncios de Coca Cola, donde todos salían, como enajenados, a cantar con una vela en la mano formando un bonito árbol de luz. Pero luz, precisamente luz, no tenía nuestro árbol, aunque eso eran cosas de la tele.

Ya casi estaba todo listo para cenar, de nuestra mesa solo recuerdo que nunca faltaban los langostinos cocidos y supongo que por arte de la revista Hola empezamos a poner piña con “Cointreau” como postre, ¿o eso fue más tarde? No creo que por aquel entonces y en aquel pueblo se supiera lo que era una fruta tropical ni un licor que no fuera la Cazalla, pero la memoria, o al menos la mía, lo mezcla todo a su antojo.

Pues el caso es, que la mujer del cabo tocó a nuestro timbre y nos dijo que pasáramos a tomar una copita antes de la cena para desearnos Felices Pascuas, que es como se solía decir entonces. Por supuesto que yo era demasiado pequeña para tomar una copita, pero también lo era para que alguien se tomase la molestia de avisarme de que todo “un mundo” se podía derrumbar en un segundo con solo darle a un interruptor. Cuando entré en el cuarto de estar, que en casa de mi vecina se llamaba salón, un impecable abeto lucia lleno de bolas rojas y plateadas y cuando la mujer del cabo dijo —enciende el árbol para que lo vean— unas cálidas lucecitas se encendieron y apagaron cada pocos segundos. Nunca pensé que unas cuantas bombillas pudieran hacer tanta sombra.

Entonces descubrí que, en efecto, el árbol de la mujer del cabo también era de la capital.  ¡Felices Pascuas!

La increíble historia del chico malo y la mujer hermosa


“La mujer más bella del mundo”

Hedy Lamarr / pixaby.com

El día que me comunicaron el premio soñé que volvía a la cantina de Hollywood. Yo no cocinaba pero ayudaba en el fregadero, servía comida, firmaba autógrafos e incluso bailaba para esos jóvenes que me miraban embobados. Por algo la revista Time me declaró la favorita de los soldados americanos.

Bette abrió la cantina un par de meses después de que nos concedieran la patente. El tsunami de patriotismo que desencadenó el ataque a Pearl Harbor alcanzaba Hollywood. Yo, por aquel entonces, ya había recaudado 7 millones de dólares en bonos de guerra vendiendo besos a ricos chovinistas. Dios sabe que no era esa la contribución que había deseado, pero quizás era lo que se esperaba de una estrella del cine.

Yo no era americana, tan solo una bonita refugiada de raíces judías que ni siquiera usaba su verdadero nombre. Luis B. Mayer escogió para mí el nombre de una actriz-amante que desapareció de forma trágica, Barbara La Marr. En su momento de mayor popularidad se le conocía como “la mujer que era demasiado bella”. A mí me pareció un nombre elegante y glamuroso. De cualquier manera, resultó ser un buen nombre, pues también a mí se me llegó a conocer como “la mujer más hermosa del mundo”.

“La niña está sana, pero no tiene nariz” dijo, según me contaron, el médico que me ayudó a llegar al mundo. Nací en Viena, en una época dorada en la que los vieneses se preocupaban más de lo que ocurría en los teatros que de lo que se hablaba en los órganos de gobierno. La ilusión de cualquier niña era subirse a un escenario y yo no era diferente. Con una madre concertista de piano, a los 11 años ya dominaba el piano, la danza y varios idiomas.

Mi padre, banquero de ocupación, me enseñó a observar el mundo y yo aprendí rápido. Pude haber sido una buena ingeniera o científica. Me encantaba la química. Pero la verdad es que mis padres no pudieron negarse cuando yo, su única hija, decidí abandonar el colegio para estudiar artes escénicas con tan solo 16 años. Siempre he querido ser actriz, pero nunca fui como el resto de mis colegas de Hollywood. No era muy amiga de las grandes fiestas, prefería las pequeñas reuniones. Necesitaba mi espacio personal para experimentar y dar rienda suelta a mi faceta creativa.

Las ideas llegaban a mí constantemente, de manera inconexa y no podía evitar buscar un nexo de unión entre ellas. Era casi una obsesión. El proceso inventivo es como seguir una cascada de ideas y pensamientos interconectados de conceptos que ya estaban ahí, aunque de forma separada. De repente, en mi mente veía claramente la relación entre esos conceptos y al ponerlos todos juntos creaba algo nuevo. Supongo que no es muy diferente al proceso de un descubrimiento científico o al proceso creativo de un artista. Mi buen amigo, pero mal amante, Howard Hughes , entendió muy bien esta faceta mía y me facilitó material para tener mi propio laboratorio con el que trastear durante los rodajes.

Me gusta pensar que mi vida comenzó mucho antes de que yo llegase a ella. Igual que se prepara la habitación del bebé que está a punto de llegar, el mundo se preparaba para aportarme todas las ideas y conceptos que yo iba a necesitar para crear mis inventos. Me gusta poner el comienzo en el año 1900, justo antes de empezar el siglo XX, 14 años antes de mi nacimiento. Aquel año París albergó La Exposición Universal y los parisinos conocieron el primer metro, el Zeppelin surcaba los cielos y el primer submarino se sumergía en las profundas aguas del océano. En Nueva York se producía, lamentablemente, el primer accidente mortal de coche.

El mundo estaba cambiando, o tal vez, simplemente, la ingeniería y la nueva ciencia nos permitieron redescubrirlo. “Que afortunado somos de vivir el primer día del siglo XX” decía la editorial de Le Fígaro del 1 enero de 1901. Lo que no se sabía es que a la vuelta de la esquina nos esperaban dos grandes guerras que llenarían nuestra existencia de sufrimiento, pero también de retos inimaginables que permitirían un desarrollo sin precedentes.

1900 dio vida a grandes personas que influyeron decisivamente en la mía y a otras cuyo camino tan solo se cruzó con el mío en algún punto del espacio y del tiempo, aunque no llegáramos a reconocernos. Nació Frirtz Mandl, el traficante de armas que fue mi primer amor de juventud y que mutó rápido a obsesivo carcelero. Me encerró en una cárcel de oro de la que, asfixiada por la falta de libertad, tuve que huir abandonando para siempre mi tierra natal. Me exhibía como elemento decorativo en las cenas de negocios. Por nuestros salones y comedores pasaron grandes señores de la guerra como Himmler o Mussolini, Entre copa y bocado hablaban de comunicaciones por radio, armas y torpedos. Yo, tan solo sonreía y escuchaba.

No fue fácil escapar de un mundo que te envuelve y controla, cualquiera hubiera sucumbido a la riqueza y la presión de un carácter dominante, pero yo estaba determinada a vivir mi propio sueño: ser una verdadera actriz. Precisamente fue mi impaciencia por conseguirlo lo que me había lanzado a sus brazos, pero también a los del escándalo. Protagonicé el primer desnudo de la historia del cine en la película checa Éxtasis. Mi padre nunca se repuso del impacto. Ojalá Luis Buñuel, que también nació aquel año de 1900, hubiera acaparado ese honor con su película El perro andaluz. Pero entonces el mundo no sería tal y como hoy lo conocemos.

Luis y yo debimos coincidir en Hollywood en su periodo de exilio, pero no creo que llegáramos a conocernos. De quien sí fue amigo y conocido fue de George Antheil, mi colaborador en desarrollar la mejor idea que nunca he tenido.


“El chico malo de la música

George Antheil

En 1939 los dos vivíamos en Hollywood, pero no nos conocíamos. Hedy estaba en su escalada a la fama mientras yo pasaba por una época baja. Un encuentro casual era improbable. Pasé mis años de juventud en Europa y visité Viena, pero es casi imposible que coincidiéramos allí, pues ella debía ser entonces tan solo una niña.

Hedy supo de mí a través de un amigo común, un diseñador de moda. Recuerdo que escribió con lápiz de labios su teléfono sobre el parabrisas de mi coche y esperó a que la llamará. Su interés por mí era para discutir sus supuestos problemas glandulares; durante una fiesta escuchó a Clark Gable hacer un comentario negativo sobre su pecho. La fama de mis conocimientos sobre el sistema endocrino se había extendido por todo Hollywood. Pero en realidad yo no era médico.

Cuando apenas tenía 15 años formaba parte de una banda secreta de garaje. Siempre pensé que aquello influyó en lo que luego llegué a ser. Del grupo salió un escritor de prestigio y un tenor que triunfó en el Metropolitan. A mí sólo me interesaba la música, pero también encontraba tiempo para leer. Mis bromas y algunos artículos como editor de la revista del colegio me regalaron el adjetivo de irreverente. Dejé los estudios antes de graduarme.

Mi mayor frustración fue ser rechazado por la Fuerza Área Canadiense al considerarme demasiado joven. No pude participar en la Primera Guerra Mundial. Así que me dediqué tan solo a la música. Estudie en el instituto Curtis, una de las mejores escuelas de música del Estados Unidos. Lo hice con el apoyo económico de Mrs Bok, que creía firmemente en mis habilidades musicales.

Mi afición por la endocrinología fue meramente casual. Uno de mis compañeros de piso, me dejó, al marcharse, todos sus libros sobre el tema y al no tener nada más que leer, los leí todos. Estos conocimientos me sirvieron más tarde para escribir un libro de detectives con resolución hormonal y tras un encuentro con una famosa estrella de Hollywood preocupada por el tamaño de su pecho, me hizo famoso entre las actrices.

No sé si fueron las hormonas reproductivas las causantes, pero en 1920 me enamoré perdidamente de una joven rubia de 16 años a la que seguí a Europa. Como no tenía dinero me hice concertista de piano. Mi primer concierto fue en Londres en 1922, un éxito que me llevó por todo el continente. Normalmente terminaba los conciertos con una o dos piezas muy modernas de mi propia creación que me otorgaron el título de “El chico malo de la música”.

Berlín me pareció la ciudad del arte y la intelectualidad, allí conocí al Igor Stravinski, le perdí la pista a la mujer que me llevó a Europa pero encontré a la que sería mi mujer y musa, Boski Markus, una estudiante polaca de la universidad de Berlín.

París fue para mí el centro del mundo en 1923 y era allí donde quería instalarme. Pase unos años felices, estimulado por famosos amigos como Joyce, Hemingway o Picasso, en un atractivo apartamento y con mi amada Boski. Incluso tenía dinero aunque se acabase a menudo. París me catapultó a la fama, tanto en lo literario como en lo musical. Mi concierto en el teatro de los Campos Elíseos fue el que me hizo un nombre y sería, además de la clave de mi genialidad e inventiva, mi más famosa y controvertida obra, “El ballet mecánico”.

En él había campanas elécticas, sirenas, propulsores de aeroplano y 16 pianolas sincronizadas de forma automática. Cuando en 1927 regresé a mi tierra natal, lo interpreté en el famoso Carnegie Hall de Nueva York. El concierto fue un fiasco y las críticas malísimas. Supuso el final de una etapa.

Pocos días antes de mi encuentro con Hedy, el conflicto en Europa se precipitaba, el 1 de septiembre los nazis invadieron Polonia y dos días más tarde Inglaterra, Francia, Australia y Nueva Zelanda declaraban la guerra a Alemania. Aquel mismo día un barco de pasajeros Británico en dirección a Canadá fue torpedeado y hundido por la flota alemana. Era la primera agresión con torpedos que afectaba a civiles. Nuestra conversación dejó de lado las hormonas para centrarse en la guerra. Me habló de su primer matrimonio y de cómo sabía lo suficiente como para iniciar el diseño de un arma nueva que podría dar a los aliados un rápido ascenso en el control de la guerra.

Encontré sus ideas tan convincentes que inmediatamente comenzó nuestra alianza. Comparada con el resto de las actrices de Hollywood, Hedy era para mí un gigante intelectual.


El sistema secreto de comunicación”

Ninguno de nosotros sabía que los torpedos americanos no eran dirigidos electrónicamente. Quizás fue éste uno de los motivos por lo que la armada americana desestimó nuestra patente. Aunque tampoco ayudó mucho el que los inventores fuéramos un músico y una actriz.

Yo sabía de torpedos en base a las prácticas alemanas y George apenas sabía nada, pero sabía sincronizar pianolas. Tomó notas detalladas y mi idea se fue configurando. Inventamos juntos el radio-control de torpedos, le dimos el nombre de “sistema secreto de comunicación”.

Era un sistema capaz de guiar un torpedo, vía radio control, sin que lo detectase el enemigo. Para ello, la señal de radio en lugar de seguir una frecuencia fija, saltaba constantemente de frecuencia, hasta 88 frecuencias, tantas como teclas tiene un piano. Sin embargo, a pesar de nuestra gran coordinación, para su implementación detallada se necesitaba indudablemente un técnico experto.

El Consejo Nacional de Inventores, entusiasmado con la idea, nos puso en contacto con Samuel Stuart Mackeown, profesor asistente en el California Technical Institute, y con la firma de patentes Lyon and Lyon. Así elaboramos una patente que en 1941 quedó lista y a la espera de conseguir la concesión de plena patente.

El 11 de agosto de 1942 la patente número 2,292,387 nos fue finalmente concedida, a Hedy Kiesler Markey y George Antheil. Markey era mi nombre de casada. Un documento exquisito. Sus detallados diagramas estaban dibujados a mano y en cada página aparecían nuestros nombres escritos también a mano con una caligrafía preciosa. La patente es muy fácil de interpretar pero también es ingeniosa y sorprendente en su combinación de electrónica , electromagnetismo y tecnología puramente mecánica. En el corazón del sistema había dos pianolas, bueno tan solo el mecanismo de control de las mismas, ésta era la aportación de George, pero la idea general era enteramente mía.

Cedimos la patente al ejército naval americano, quien la almacenó como alto secreto. Esperábamos salvar muchas vidas con ella, pero no pudo ser. Luego supe que el ejército la usó por primera vez en la crisis de los misiles de Cuba, no para dirigir torpedos, sino para asegurar las comunicaciones entre barcos.

Cuando, en 1980, la tecnología fue desclasificada nuestro invento tomó vida propia. La idea central que contenía la patente resultó ser la base de las comunicaciones inalámbricas seguras. Ni en sueños imaginé que estuviera destinada a producir un impacto tan importante en nuestra forma de vida.

Siempre he dicho que cuando muera quiero que graben en mi tumba “Muchas gracias por una vida llena de color”. He vivido dos guerras mundiales, en dos continentes y he tenido seis matrimonios. He pasado del cine mudo al sonoro, del blanco y negro al color, he estado rodeada de mitos que ni yo misma distingo de la realidad y he sido declarada “la mujer más bella del mundo”. Pero en estos últimos años de mi vida también ha habido espacio para el escándalo, la frustración y la penumbra: litigios, arrestos, adicciones que me han mantenido recluida y en el punto de mira de la opinión pública.

Ahora que ya han pasado más de 55 años de la patente, parece que me he vuelto lista de repente, me han otorgado el premio a los pioneros de la Electronic Frontier Foundation por nuestro original invento del salto de frecuencia. Demasiado tarde para George.

También he sido la primera mujer galardonada con el “Oscar” de las invenciones, el Bulbie Gnass Spirit of Achievement Bronze Award. No me he sentido con fuerzas para asistir a la ceremonia, pero les he dado las gracias con mi teléfono móvil, que al parecer también usa mi idea. En mi país natal, me han concedido el mayor honor que un inventor puede recibir en Austria, la medalla Victor Kaplan de la Academia austriaca de ciencias. Por si esto fuera poco, la revista Playboy me acaba de nombrar una de las 100 estrellas más sexis del siglo.

Agradezco todos estos premios, pero si de algo estoy orgullosa es de dejar una idea, un concepto que pueda dar vida a otros inventos, como otros lo hicieron hace más de un siglo para que George y yo pudiéramos aportar algo nuevo. 

En enero del año 2000, a punto de comenzar el siglo XXI, Hedy se quedó dormida. No soñó que volvía a la cantina, tan solo no volvió a despertar.


Puedes escuchar aquí la entrevista simulada a Hedy Lamarr basada en este artículo:
https://anchor.fm/ciencia-literata/episodes/Hedy-Lamarr—-La-increble-historia-del-chico-malo-y-la-mujer-hermosa-e1ch3kc

Bibliografía:

1.Spread Spectrum,Hedy Lamarr and the mobile phone by Rob Walters, Updated Edition

2. Hedy’s Folly. The life and breakthrough invention of Hedy Lamarr by Richard Rhodes.

3. Bombshell: The Hedy Lamarr Story Directed by Alexandra Dean https://www.youtube.com/watch?v=1Rc4DdZzGp8