No hay Nobel de matemáticas, los premios Abel y la medalla Fields suplen dicha categoría. Pero no cabe duda de que los matemáticos ni están excluidos, ni han dejado de contribuir, en particular Mittag Leffler, a preservar el legado de Nobel.

Como todos los años, desde hace ya más de 100, durante el mes de octubre se anuncian los galardonados con el premio más mediático de la historia, el Premio Nobel. Este galardón, cuya ceremonia de entrega se efectúa cada 10 de diciembre coincidiendo con la fecha de la muerte de su creador, se otorgó por primera vez en 1901 y responde a la última voluntad de «El vagabundo más rico del Mundo»[1], el químico e industrial Alfred Nobel.

El origen de su fortuna se sitúa en una de las primeras de sus 350 patentes, la dinamita. Su demanda, tanto a nivel militar como civil, le llevó a establecer fábricas en distintos países de Europa, entre ellos España (Galdácano) y vino, además, acompañada de un rápido reconocimiento mundial. La prensa de la época se hacía eco de cualquier noticia que llevara su apellido, llegando en 1888 a reproducirse en varios sitios la notica errónea de su muerte al confundirlo con su hermano Ludwing. La lectura del duro obituario, procedente de un periódico francés, que lo calificaba como «El mercader de la muerte» y que rezaba: «El Dr. Alfred Nobel, quien se hizo rico buscando maneras de matar a más gente más deprisa que nunca, murió ayer» pudo influir en la idea de limpiar su imagen. Pero al margen del impacto que pudiera haber causado en él esta esquela, en sus últimos años le preocupaba encontrar el modo de repartir la fortuna que había acumulado, pues consideraba «que las grandes fortunas heredadas solo contribuyen a la apatía del género humano».

Hombre de carácter reservado y gran sensibilidad, uno de sus miedos era morir solo. Su temor se cumplió en 1896, cuando Alfred Nobel a los 63 años de edad moría de un derrame cerebral en su casa de San Remo rodeado únicamente por sus criados, los cuales eran incapaces de entender lo que decía ya que, a pesar de que hablaba perfectamente 5 lenguas, en sus últimos momentos solo hablaba su sueco natal.

Unos años antes, en el otoño de 1885, concretamente el 27 de noviembre, redactó en el club sueco-noruego de París el que sería su testamento definitivo y cuya lectura dio lugar al mito:

El resto de mis bienes serán distribuidos de la siguiente manera: el capital , invertido en valores, se convertirá en un fondo que será anualmente distribuido en forma de premios para aquellos que, durante el año anterior, hayan contribuido al mayor beneficio de la humanidad. Dichos intereses serán divididos en cinco a partes iguales, de la siguiente forma: una parte a la persona que haya realizado el más importante descubrimiento o invención en el campo de la física; una parte, a la persona que haya hecho el mayor descubrimiento o mejora en el campo de la química; una parte, a la persona que haya realizado el descubrimiento más importante en el dominio de la fisiología o la medicina; una parte, a la persona que haya producido en el campo de la literatura el trabajo más destacado de tendencia idealista y una parte, a la persona que haya realizado el mayor o mejor trabajo por la fraternidad entre las naciones, por la abolición o reducción de los ejércitos permanentes y por la promoción e institución de congresos por la paz.

Testamento de Alfred Nobel

Recurrentes preguntas en torno a estos premios vuelven a reaparecer cada año: ¿Cómo es posible que el dinero no se acabe nunca? ¿Porqué no hay premio de matemáticas?. Parafraseando al locuaz Groucho Marx diríamos: «conteste primero a la segunda pregunta».

La primera, efectivamente, se contesta por si misma, pues el capital inicial que acumularon estos premios tras la venta de casi 100 fábricas repartidas por 20 países, unos 31 millones de coronas suecas, continúa en ascenso. Los intereses de dicho capital, no solo costean el importe de los premios, 10 millones de coronas suecas por categoría, y el resto de los gastos asociados a la ceremonias, medallas y diplomas, sino que continúan incrementando el capital base.

Sin embargo, la segunda pregunta ha dado lugar a una infundada leyenda urbana: que Alfred Nobel no quiso establecer un premio de matemáticas porque su mujer le había sido infiel con el matemático sueco Gösta Mittag Leffler.


La leyenda cae por su propio peso, sobre todo, si tenemos en cuenta que Alfred Nobel nunca estuvo casado, lo que no significa que no hubiera mujeres en su vida. Una de ellas, Bertha von Suttner, cuya amistad conservó siempre, fue una clara influencia para que se estableciera la categoría del premio Nobel de la Paz, del que fue merecedora en 1905.

Alfred Nobel no fue un hombre de robusta salud, el intenso trabajo y los viajes no le dejaban tiempo para la vida privada, por ello, a la edad de 43 años, sintiéndose ya mayor, publicó un anuncio en un periódico demandando una secretaria: «Caballero mayor, rico y bien instruido, busca dama en edad madura, versada en lenguas para secretaria y supervisora del hogar». De este modo, la activista y noble austriaca Bertha Kinsky entró en la vida de Alfred Nobel, para quien trabajo como secretaria, durante una breve temporada, antes de contraer matrimonio con el aristócrata Von Suttner.

Ese mismo año (1876) Alfred Nobel conoció en Viena a una joven, Sofie Hess, de la que se encandiló y a la que invitó a su propio piso en París. Cómo si de su proyecto pigmalion se tratara, pretendía que aprendiera francés y se instruyera, pero los intereses de Sofie estaban más orientados a la fiesta y el lujo. Pronto el enamoramiento de Alfred pasó a ser atención paternalista y ante la desilusión éste nunca volvió a intentar enamorarse.

Se podría especular, por tanto, si el matemático Gösta Mittag Leffler pudo llegar a conocer a Sofie, lo que parece altamente improbable. Mittag leffler, 13 años más joven que Alfred Nobel, fue una figura central en el desarrollo de las matemáticas en Escandinavia. Además de su propio teorema, fue editor de la revista Acta Matemática y creador del Instituto de Investigación que hoy en día lleva su nombre. Su pasión por la cooperación internacional en matemáticas le llevó a París antes de obtener una cátedra en Helsinki, donde se relacionó con toda la sociedad sueca allí afincada, pero se sabe que lo abandonó en 1874.


¿Qué pudo, pues, unir a ambos personajes en este rumor? Hay fuentes que especulan que pudo estar relacionado con su propuesta de la matemática Sofia Kovalévskaya a ocupar la plaza de profesora en la Universidad de Estocolmo y a la que al parecer Nobel se negó. No parece tampoco muy probable que este incidente pudiera dar lugar a ninguna enemistad, de hecho la respuesta de Nobel, en caso de ser cierta, no sería muy distinta de la de otros académicos de la época, ya que en el siglo XIX la práctica de la actividad científica se veía como algo intrínsecamente masculino y no solamente por los científicos. Baste para ello recordar lo que en agosto de 1884 publicó el dramaturgo August Strindberg respecto a este hecho:

Que una mujer sea profesora de matemáticas es un fenómeno perjudicial y desagradable, en efecto, e incluso se podría llamar monstruoso. La invitación de esta mujer a Suecia, cuando sobran profesores varones que superan con creces sus conocimientos, solo puede explicarse por la cortesía que los suecos tienen hacia el sexo femenino.

De lo que si hay constancia y que podría haber influido en la decisión de Nobel, es de que Mittag Leffler persuadió al Rey sueco-noruego, Oscar II, para que estableciera concursos y premios para honrar a varios matemáticos distinguidos en toda Europa. En enero de 1885 el monarca decidió celebrar su 60 cumpleaños ofreciendo un premio matemático que ganó Henri Poincaré.

Nobel, que nunca dio explicaciones de por qué solo esas categorías, pudo haber dudado en competir con el premio establecido por el Rey al crear el suyo propio, pero lo más probable es que las categorías respondan simplemente a sus inquietudes en vida. Aparte de sus ideas sobre la paz, de todos son conocidas sus ideas sobre la ciencia: «toda ciencia se basa en la observación de similitudes y diferencias» y lo ejemplificaba nombrando muchos campos entre los que no se encuentran las matemáticas. Algo más discretas son sus colaboraciones con el Real Instituto Médico Quirúrgico Karolinska al que donó en vida más de 50.000 Coronas para promover la investigación en todas las ramas de la ciencia médica. En cuanto a la literatura, su interés es más que destacable, trató personalmente a relevantes escritores y a su muerte contaba con una biblioteca de más de 1.500 volúmenes entre los que se encontraban varías copias de una obra de teatro de su propia autoría titulada Némesis cuyos herederos trataron de destruir para evitar dañar su reputación.


En cualquier caso, la figura de Gästa Mittag Leffler estuvo íntimamente relacionada con los premios a los que propuso varias candidaturas, siendo de los pocos científicos que apoyaba el papel de la mujer en la ciencia. Trató de ponerse en contacto con Henrietta Levitt para decirle que quería nominarla al premio Nobel de Física, pero lamentablemente, Henrietta ya había muerto. Fue el defensor de la candidatura de Marie Curie y tuvo la valentía de ponerse en contactó con Pierre Curie para alertarle de que había sido nominado al Nobel de Física pero que habían excluido del premio a Marie.

No hay Nobel de matemáticas, los premios Abel y la medalla Fields suplen dicha categoría. Pero no cabe duda de que los matemáticos ni están excluidos, ni han dejado de contribuir, en particular Mittag Leffler, a preservar el legado de Nobel.


[1] Fue su amigo Victor Hugo quien lo bautizó así.

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