―¿Crees que habremos hecho bien?

―Pues claro mujer, no podíamos hacer otra cosa. Todavía no tiene edad para darse cuenta.

―Sí, claro – noté que contestaba de forma automática.

―Anda, vamonos a la cama que mañana será un día largo y ya sabes cómo madrugan.

Escuché el clip del interruptor de las luces del salón y sus pasos alejándose sigilosos en dirección al dormitorio. La casa quedó en completo silencio, pero sumergido en él, cual sonar de submarino en las oscuras y profundas aguas del océano, podía distinguirse un sutil zumbido eléctrico que no identifiqué con el del frigorífico. No, seguramente serían las luces del árbol que se hallaban justo sobre mí.

¿Qué podían haber hecho mal? Seguro que no se referían a mí. Cuando alguien adquiere un guerrero es para que le proteja de sus enemigos, reales o imaginarios. Ya no quedan guerreros en el mundo. Quizás en alguna tribu salvaje africana los jóvenes todavía se enfrentan a sus miedos – la noche, los leones, la soledad – pero en el que llaman «mundo civilizado» ya no existen, ahora solo hay soldados. No tienen una lanza que dependa de su destreza, pero cuentan con un arsenal de armas que destruyen y matan sin ver el objetivo. Los soldados no toman decisiones, solo acatan órdenes de superiores y estos a su vez de otros superiores y así en una larga cadena de la que jamás se puede ver el primer eslabón, el cual se me antoja que será el más débil y que por eso se esconde tras ese laberinto de pasos intermedios.

Yo soy mucho más que un soldado. Me gusta pensar que soy un guerrero. Soy el muñeco articulado más perfecto del mercado, un Madelman. Fusil de asalto, granadas y un machete para zonas selváticas me acompañan. Pero no soy un muñeco mecánico, el uso de todo lo que tengo no lo determinará una simple pila y un circuito electrónico, sino las decisiones de mi dueño, al que estoy deseando conocer.

No me catalogan como juguete educativo, pero yo sé que cumplo una misión: proteger a mi dueño y ayudarle a crecer asumiendo el papel de vencedor. Juntos ganaremos batallas, haremos saltar por los aires comandos de enemigos. El miedo al fracaso, a la invisibilidad o incluso a los compañeros abusones quedará lejos mientras estemos juntos. Habrá heridas de guerra. Algunos raspones no podrán ser curados con mi botiquín de campaña, para esos estará la mano solícita de su madre. Llegará el día en que ya no me necesite más, seguramente para entonces ya no quedará nada de mi arsenal e incluso habré perdido algún brazo, pero no importa, porque la misión estará cumplida y ya nunca me borraré de sus recuerdos.

Oigo pasos. Son suaves y rítmicos. Vienen descalzos y corriendo. Son ellos, ¡por fin!

―¡Mamá, papá venid, los Reyes ya han llegado!

Oigo rasgar de envoltorios, risas, aplausos y gritos de alegría, alguno se confunden con los maullidos de un gatito.

―Mira mamá, este es para Ale- ¡Por fin conozco su nombre!

―¿Puedo abrirlo yo? Ale no va a saber. Anda mamá déjame ―dice una voz infantil y femenina alargando las sílabas.

Cuatro grandes ojos de niña, abiertos como platos, me miran asombrados. Silencio. El pánico se refleja en la mirada cómplice de los padres que contienen la respiración como si fueran a saltar a la piscina.

―Creo que se han equivocado-dice la mayor con naturalidad―esta no es la muñeca que pedimos.

Me inspecciona de arriba abajo, lanza por los aires todas mis armas, mueve todas mis articulaciones, me baja los pantalones. Rabia y vergüenza, soy un ascua ardiente pero nadie lo nota.

―¡Que guay Ale! – dice la niña con una chispa en la mirada – ya sé lo que haremos. Tu muñeco va a ser el novio de mi Barbie y conducirá el descapotable rosa.

Me dobla las piernas y me coloca en el interior del coche de plástico con las manos sobre el volante. A mi derecha ya está sentada una bonita rubia con cuerpo de reloj de arena. Nos miramos risueños mientras nos hacen rodar por el suelo del salón.

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